Transitando el declive
Llevaba días sin dormir. Trataba de hacer tantas cosas durante el día para que no me diera tiempo de pensar. Algunas noches, unos pequeños diablos bailarines y burlones me susurraban barbaridades. No podía dormir y, cuando lograba hacerlo, algo se sentaba sobre mi pecho; un ruido ensordecedor golpeaba mis oídos y me despertaba. Cada noche temía enfrentarme a las pesadillas. Aparentemente, nadie más lo notaba, nadie veía mi sucesivo deterioro, ni siquiera Máximo, mi roomie , con quien en algún momento fuimos muy amigos, pero hoy por hoy nos separaban diferencias. Se acercó a mi puerta: —Mañana viene un amigo a quedarse, de Rancagua; nos conocemos de muy chicos y estoy seguro de que te caerá súper bien, es hetero de esos que a ti te gustan. —Ya —dije con indiferencia—. Me imagino que va a dormir contigo, así que ningún problema. La casa era muy chica para ser tres. A la tarde siguiente, compramos dos botellones de vino, un par de cosas para comer y Máx estaba guardando hong...