Todo lo que me dolía era mío
Crucé Toesca a toda velocidad, deseando ser estrellada por los ángeles. No miré hacia los costados. El sudor me corría por la espalda mientras pedaleaba. En la mochila llevaba objetos de utilería, ropa interior y el maldito test. Golpeé la puerta de lata, toqué varias veces. Me abrió Juan. Estaba fumando marihuana y pasando la escoba. Preparaba el estudio. Me abalancé sobre él y lo abracé con fuerza, a la altura de su cadera. Olía a sobaco. Mis manos y piernas temblaban. Fui directo al baño a secarme el sudor. Me miré al espejo: estaba hecha un Cristo. No recordaba la última vez que dormí bien. Hacía dos meses me habían diagnosticado trastorno límite de la personalidad. Dormir seis horas era sagrado; si no, venían los temidos episodios psicóticos. Pese a que no quise medicarme, tomaba dos pastillas de quetiapina por las noches, recetadas por el psiquiatra del GES. No hacían efecto. Así que esa semana empezaba a sentir las trampas mentales del mal dormir. Mi corazón aún latía ráp...