Las cosas por limpiar
La
primera vez que oí ese título, me recordó la cantidad de veces que debí ofrecer
un servicio. Limpiar no es simplemente pasar un trapo sobre una mesa llena de
grasa; también es ayudar a otros a sacarse la mugre de encima, pero esa mugre,
al final, termina impregnándose en mí. En mi caso, siempre vi el trabajo como
una escalera vertical en la que he estado mayormente en el primer peldaño, de
abajo hacia arriba. Desde mi paso por el área audiovisual, el trabajo social
hasta las artes visuales, en todos he tenido algo que limpiar.
Me llamó Carmen y no pude contestar porque estaba sacando la
grasa de los quemadores de la cocina. Ella llamó dos veces, pero no oí.
Finalicé pasando la espátula por un rincón que jamás ha visto la luz. Luego, vi
las llamadas perdidas, marqué de vuelta, pero no tenía dinero para llamar; no
puedo pagar el plan. Busqué su número porque, hasta ese entonces, no sabía
quién era Carmen. Lo agregué y le hablé por WhatsApp:
—Hola, buenas tardes. Tengo una llamada perdida de este número, ¿es por el
anuncio? Saludos.
Me
senté, cansada. Si bien hace muy pocas horas publiqué el anuncio, me estaba
impacientando, preocupada por cómo pagaré las cuentas, compraré el gas, iré a
la feria. Entonces, Carmen llamó.
—Hola,
buenas noches.
—Buenas
noches, habla Carmen. Te llamé por el anuncio. Así que, tú limpias.
No
entendí si era una pregunta o una afirmación.
—Sí,
así es.
—Cuéntame
cómo funcionan ustedes. Es que yo ya tenía a una persona que me limpiaba, pero
esta muchacha estaba complicada porque vivo muy lejos. Mira, la verdad,
necesito que me ayuden a limpiar los ventanales; tengo ventanales gigantes.
Pago treinta mil el día. Bueno, dime, ¿cómo funcionan ustedes?
—Ehh…
— en ese momento, tuve que mirar el anuncio que había publicado porque no
recordaba ni precios ni servicios — Claro, la tarifa base son quince mil, que
incluye baño y cocina, pero los servicios adicionales tienen otros valores.
Le
di los precios y le expliqué que trabajo sola.
—Aaaah,
ya. Mira, es que realmente vivo muy lejos. ¿Tienes auto?
—No,
pero dígame dónde vive usted. Tengo bicicleta.
—Jajajaja,
¡no! Es que en bicicleta vas a llegar cansada a trabajar. Mira, hagamos una
cosa… Oye, ¿y tú por qué estás en esta ciudad? ¿Con quién vives? ¿Cuántos años
tienes? Suenas jovencita.
—Eh…
— me incomodaba mucho responder a todas sus preguntas; realmente solo quería
hablar de trabajo y ya. No quería explicar o ahondar en cosas personales. —
Bueno, me vine a vivir acá porque es más lindo. Tengo treinta años, sí, soy
joven. Vivo con mi pareja.
—¡Aha!
Y espera, ¿a qué te dedicas? Mira, que aquí en limpieza hay harto rubro. A las
niñitas les va bien, tienen mucho trabajo. Y, mira, yo conocí a una chica en la
peluquería que le pagaban setenta mil pesos por una casa ¡diario!
—Aha,
qué bien. Yo… nada, jajaja, hago otra cosa totalmente distinta — tratando de
evitar a toda costa decir que soy artista visual y que justo ahora me estoy
licenciando, pero que me ha costado mucho encontrar trabajo.
—Ya, pero dime, po.
—Soy
artista visual.
Cambia
el tono de voz, ahora, despectivamente:
—¿Y
qué es eso? No entiendo yo —arrastraba las palabras—
En
este punto, no tenía ganas de seguir contestándole, así que reduje a que los
artistas visuales se dedican a pintar. Ella estuvo un buen rato haciéndome
preguntas. Al parecer, sí sabía lo que era ser artista visual porque me lo dijo
en modo de burla.
—¡Entonces
van a tener que agarrar la escobita! Jajajaja.
Realmente
sí, de eso se trataba el anuncio. No me molestó porque era cierto, pero sí me
molestó que, con solo una llamada y unas preguntas, volviera al primer peldaño
de la escalera vertical. Finalmente, no contrató mis servicios. Mantuvo una
conversación larga, llena de verborrea, de chismes sin sentido, pero tal vez
vuelva a llamar y yo deba ir a limpiar sus grandes ventanales y oírla hablar
mierda.
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