(Este relato está en desarrollo, lo comparto, porque soy ansiosa).
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Esa noche, un amigo de Federico llevaba cocaína. A pesar de que yo nunca la había probado, observaba a los chicos —y a Fede— llenos de euforia por una línea, ansiosos por diversión y una madrugada desenfrenada.
En esos años me dedicaba a mis estudios y trabajaba en una productora mediocre. Mi jefe era un marihuanero amistoso que, con el tiempo, se volvió un pesado y usurero. Yo editaba videos corporativos para una marca de gas; una ocupación que apenas compensaba económicamente y en la que pagaban cuando querían.
Fue durante mi segundo año en la universidad cuando comencé a salir con Federico: ingeniero de profesión, músico punk por pasión y futbolista de las pichangas dominicales. A pesar de sus ingresos sólidos, aún vivía con sus padres. Esta situación podría haber sido un inconveniente para algunos; en mi caso, su familia se portaba excelente conmigo. Me daba pudor tener encuentros sexuales en su casa, así que íbamos a moteles.
Cada viernes, como ritual sagrado, su banda punk se presentaba en algún bar de Santiago Centro o en las periferias de la ciudad: lugares de poco acceso en transporte público. La mayoría se desplazaba en bicicletas fixie.
Estos sitios lúgubres solían llenarse a veces, pero casi siempre solo estábamos yo, alguna otra chica, y quien servía el alcohol —generalmente, otro músico—. La caña de vino y la cerveza más barata eran exquisiteces en ese ambiente. En cierto sentido, eran antros terribles: plagados de borrachos pendencieros, peleas, drogas duras y rock and roll. Fue allí donde conocí el noise, el theremin, el feminismo radical —que no comparto— y a Sor Juana Inés de la Cruz.
Pocos entendían mi relación con Fede. Él solía evitar el conflicto, era reservado y contaba con muy pocas amistades. Yo, en cambio, me encontraba constantemente enfrentada con los tipos más irritantes del antro: esos que no paraban de hablar y a quienes nadie se atrevía a callar. Por supuesto, no podía faltar el vino en estas situaciones: siempre fiel compañero de nuestros excesos.
Más de una vez me hallaba sola, saltando y bailando frenéticamente en la pista, sin comprender por qué nadie parecía disfrutar de los temazos de los ochenta. Cheri Cheri Lady era una de mis canciones predilectas; podía bailarla hasta quedar tirada.
Los sábados eran nuestros días de reconciliación, aunque casi siempre terminaban en desmadre. Comenzábamos la jornada comiendo ceviche en la Vega Central, luego aliviábamos la resaca en el Parque Los Reyes, al lado de los juegos inflables donde predominaban las vocecitas agudas de pequeños insolentes, reyes de su territorio. Más tarde, íbamos a algún bar en Bellavista y terminábamos la noche cantando en karaokes rancios o bailando cumbia en la fonda Permanente. Hasta ese momento, nuestro único exceso era el alcohol, pero las citas siempre resultaban divertidas.
Dedicábamos horas a conversar sobre cine o series. Gracias a Fede, aprendí de fútbol. Era un tremendo hincha de Diego Maradona y me instruyó en el arte del dominio de la pelota, despertando en mí un interés insospechado por ese deporte que antes me parecía aburridísimo. Con él comprendí la pasión que Diego despierta y cómo el fútbol logra una sinergia social que pocos deportes alcanzan.
También compartíamos largas charlas sobre la existencia humana mientras comíamos en restaurantes peruanos. Yo no tenía un peso para colaborar en la cuenta, pero Fede era generoso y eso no le incomodaba. Por las noches deambulábamos por las calles, cerveza en mano, riendo a grito pelado. Otras veces, mis inseguridades y celos surgían en esos momentos de euforia alcohólica; nos dormíamos enojados, dándonos la espalda.
Federico siempre fue amable y atento. Durante los exámenes o los inviernos fríos se encargaba de cuidarme, me mimaba con mis antojos y me ayudaba con los gastos universitarios. A pesar de mi mal genio y mis emociones desbordadas de veinteañera, podíamos ser muy cariñosos.
Manteníamos una rutina de ejercicio constante: corríamos en un estadio de Recoleta, subíamos el cerro San Cristóbal en las mañanas y hacíamos largas sesiones de entrenamiento. Juntos exploramos el sur de Chile: bosques y lagos fueron testigos. También viajamos a Cuba. Recuerdo que, en el Malecón, Fede me preguntó dónde estaría el “webeo cubano”. Mirábamos a los grupos que bebían ron como si fuera cerveza; parecíamos dos yankees. Donde pisábamos, había terreno fértil para el descontrol.
Nos conocimos en el bar La Konsulta, en Av. Matta, al lado de un nightclub y un motel. La entrada era una puerta pequeña con unas antiquísimas escaleras al cielo —o tal vez al infierno—, por las luces rojas que iluminaban el local. Mientras la gente bebía brebajes tropicales en vasos plásticos que acabarían en alguna esquina, otros gritaban incoherencias o consumían drogas en los baños malolientes, repletos de rayados incomprensibles y mensajes de autoayuda, como si fueran un chat mientras cagas. Había un sillón —probablemente sacado de un basural— con incrustaciones de ácaros y manchas de vino, sangre o vaya a saber qué fluido.
En esas fiestas abundaban adultos: personas que ya habían terminado sus estudios o que simplemente eran mayores de treinta, con trabajos convencionales —enfermeras, electricistas, oficinistas, profesores, arquitectos— pero con espíritu adolescente. Ahora que tengo treinta, asumo la culpa: eran pocos los universitarios como yo. Entre ellos había poetas con aires de grandeza, románticos atormentados, y músicos sobrevivientes de sus días punk, como Fede. La mayoría trabajaba de lunes a viernes, con horarios poco flexibles, ansiosos de liberarse los fines de semana y entregarse a cualquier elixir disponible en las esquinas de Santiago Centro.
La noche que Fede y yo nos conocimos apenas cruzamos unas palabras, lo justo para acordar tener sexo. Lo hicimos hasta el mediodía. Una semana después me propuso viajar con él, y acepté sin pensarlo. Todo sucedió vertiginosamente; en un abrir y cerrar de ojos ya conocía a su familia.
Antes de él, yo no bebía tanto: era universitaria y adicta al trabajo. Aunque estaba becada, no podíamos mantenernos solo con el sueldo de cajera de mi madre; mi padre, por otro lado, estaba cesante. No podía pedirles nada, menos para gastarlo en estupideces que descontrolaran mi mente.
La noche que probé cocaína fue en una tocata de metal. Estaba con Federico y sus amigos; era la única chica y todos me llevaban unos diez años. Me aburrí hasta que el mejor amigo de Fede, José —un rockero con una relación tóxica con una cantante de folclore—, se levantó al baño. Lo siguieron dos chicos y Fede. Pasaron varios minutos. Salí a fumar y se me acercó un chascón borracho. No le entendí nada; lo dejé hablando solo.
Sabía lo que ocurría adentro. En reiteradas ocasiones esperaba que los chicos terminaran de jalar. Era costumbre que desaparecieran unos veinte minutos. Ese día no andaba de humor. Caminé hacia el baño para avisarle que me iría. Los vi formando un círculo para recibir una línea. No me sorprendió, pero tuve ganas de probarla. Federico se me acercó con culpa. Le pedí que me convidara. Abrió los ojos y me dio un discurso sobre lo malo que es consumir coca, que era para gente que se siente sola, como él. ¿Cómo que como él? Llevábamos cinco meses saliendo.
Era su primera novia, casi no tenía amigos… pero ¿soledad? No entendía a qué se refería. Sus palabras calaban más hondo que un simple “me siento solo”. No entendía lo que era tener treinta: son los nuevos quince. Me acerqué a José y le pedí una línea. Me advirtió que era muy adictiva. No me importó. Todos querían cuidarme, pero ninguno se cuidaba a sí mismo. Qué diría el Diego.
Fede se encerró conmigo en el baño. Me habló de la “escopeta”, un billete enrollado para esnifar. Luego me mostró cómo la cortaba. Era todo un experto y muy paternalista, como si me enseñara algo vital para sobrevivir en un apocalipsis. Hizo una línea para mí y otra para él. “¡Salud!”, dije.
No me pegó nada, le dije. Mentira: tenía los ojos de loca y salivaba como perro con rabia. Pero era mi primera vez, no sabía qué debía sentir.
No quería que la noche acabara. Nos fuimos a la casa de un pelado poeta que, en pleno invierno, andaba con chalas. No tolero mucho a los metaleros. Toda la madrugada intentó seducirme con sus versos; quizá no eran tan patéticos, pero la situación sí lo era. Un sabor amargo se apoderó de mi boca. Sentía que nunca podría dormir. Me sentí lúcida, tan lúcida como para resolver todos los problemas del mundo. Fede estaba furioso; yo la estaba pasando demasiado bien, y no era por él, era por la caspa del diablo.
Al amanecer tomamos un taxi a casa. No podía dormir, pero disfrutaba esa euforia; quería correr, hablar con todos, decir cosas importantes.
Empezamos a hacerlo con frecuencia: ya no era solo alcohol, karaoke y cumbia; ahora se sumaba la coca, a veces celeste o rosada, de dudosa procedencia. El bajón era tremendo: discutíamos en la calle, teníamos mal sexo, llorábamos por cualquier tontera. Una intensidad y delirio que hoy recuerdo con náuseas. Pero la cumbia no faltaba. Tampoco el ceviche.
Una noche discutimos en el taxi de vuelta. Yo quería dormir, pero él insistía, incluso llegó a insultarme. Ese insulto fue el inicio de la caída.
La madre de Fede era enfermera y en su casa había muchos utensilios médicos. Ella era noble, amable, protectora y me quería mucho; no se entrometía en nuestra relación.
—¡Necesito dormir! ¡Si sigues insultándome, voy a cortarme con el bisturí de tu mamá! —le grité, mirando la cuchilla.
Él nunca pensó que lo haría.
Hay algo que Fede odiaba: que cuando me enteré de que me engañó, me tomé ciertas libertades. Bailar con otros, besar a un par. Eso lo enfurecía; se le notaba en la mirada.
Tomé la cuchilla y la deslicé por mi brazo. Quedamos helados. Tamaña estupidez. Mi piel se abrió como un monedero. Sangraba, pero no sentía dolor, solo culpa. La escena era muy gore. Fede despertó a su madre. Ella me envolvió el brazo, me dio instrucciones y llamó un taxi. Yo estaba en shock, en silencio, por fin. En minutos ya estábamos en el hospital. Fede me acompañaba, llorábamos y nos pedíamos perdón.
En la sala de espera había un chico con ocho balas en el cuerpo que gritaba, pero no se veía tan mal; al otro lado, una mujer custodiada por policías se había apuñalado un pulmón en la cárcel. Yo, con un paño ensangrentado, me sentía una pelotuda.
Quise irme: seguía borracha y no quería dar explicaciones. Algunos me preguntaban qué había pasado. No mentí. Me miraban con tristeza o rabia. Fede insistía en que esperara. En urgencias, los casos de autolesión o intento de suicidio son los últimos en ser atendidos. Yo era uno de ellos.
Un médico joven me hizo pasar. Temí que descubrieran la cocaína. Me veía fatal, no paraba de hablar y no tenía un mango para pagar. Intenté seducirlo para que me dejara ir gratis. No fue necesario: me creyó. Mi estado era tan decadente que me dejó ir. Antes de marcharme, me cosió la herida —ocho puntos—. Hoy deduzco que no era muy hábil, o tal vez fue su venganza. Me dio instrucciones y me dijo cómo evitar al guardia de salida. Le pedí disculpas. Sonrió.
Al salir, Fede me esperaba con un té. Me abrazó. Volvimos a casa. Prometimos no volver a discutir así.
Pasó mucho tiempo antes de separarnos. Me fui a vivir sola, a un departamento en Santiago Centro. Mi vida seguía un ritmo similar; ya estaba dentro de ese viaje, y antes de dejarlo tendría que pasar por muchas situaciones caóticas. Casi no extrañaba a Fede; bastaba con salir y tener algo para consumir.
Seguía trabajando y estudiando a duras penas. Sin contacto con mi familia, pero tampoco me importaba; era un problema menos.
La noche previa a mis exámenes fui con mi amigo Máximo —que ya no es mi amigo— a un bar en Providencia. Terminamos en un after por Avenida Matta. Intenté entrar gratis, no funcionó, pero igual entré. Máximo se fue y desapareció.
Seguí bailando, me hice amiga de todos y me mantuve jalando sin gastar un peso. Un moreno de ojos achinados y cabello largo me regaló un par de gramos. Decía ser dueño del lugar, pero no le presté atención: solo quería sentir el efecto. Seguí toda la noche y toda la tarde. No fui a mis exámenes ni respondí los mensajes de Juliana —mi única amiga universitaria—, que siempre me bancaba. La quería mucho.
En el after, a las siete de la tarde, fumé una quemada de pito y bajé hasta tocar fondo. Me derretí en el sofá, miré alrededor y vi el desastre: pisos manchados, muros con agujeros, la casa cayéndose a pedazos. Pedí un Uber. No sé cómo logré llegar. Me arrastré hasta el tercer piso como Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street.
Estaban mi hermana y su novia. El lugar olía bien, pese a todo. Se sorprendieron al verme así. Tontín dormía en mi cama, mi gato tierno y dependiente. Lo miré. Ese ser dependía de mí. Pensé que ya no podía seguir viviendo así. Tenía un gato que alimentar, un departamento que pagar y una carrera que terminar. Lo había perdido todo.
Cada quien tiene sus razones para vivir de modo destructivo. Me sentía sola desde mucho antes de ponerme una línea bajo la nariz. No tuve la atención suficiente de mis padres; no era excusa, pero con el polvo mi mente fluía. Casi todo era diversión, y los bajones, llevaderos. Recordé lo que me dijo Fede aquella noche: “Esto es para la gente que se siente sola”. No quería creerlo. En mi caso, todo lo que no enfrenté flotaba sobre botellas, condones y comida chatarra. Me ahogaba entre restos de miseria.
Un año nuevo decidí dejar de consumir, para siempre. En la fiesta que hicimos en mi departamento, me encerré en el baño y lloré meses acumulados. Recordé a mi familia, a mi gato —que habían envenenado— y a Fede. Vomité. No me dolía el engaño; me dolían mis malas decisiones. Sentir lucidez en el pico de dureza es tormentoso, parecido a una pesadilla.
Me miré al espejo y me pregunté si quería seguir viviendo. Era demasiado lo que había que reparar y no sabía por dónde empezar. Las lágrimas inundaron el baño. Me sumergí tratando de mantener la respiración, buscando refugio. Arranqué las cortinas e intenté cubrirme, pero sentía que el corazón se me escapaba por la garganta. Nadé hacia el espejo y giré en círculos para calmarme. Mi corazón salió eyectado, chocó contra el espejo. En el reflejo vi un hilo que colgaba de mi boca; tiré de él y algo mucoso se arrastraba desde adentro.
Salió de mí un embrión negro, bañado en un moco rojo. Perdí el conocimiento. Caí.
Desperté sola, en medio de la noche. Aún estaba en el baño. Nadie había intentado entrar. Miré el celular: sin llamadas ni mensajes. Envolví al embrión en una toalla y me di una ducha caliente. Pasé la mano por el espejo empañado; mi rostro se veía más repuesto, aunque con marcas y un moretón en la frente. Agarré la toalla, pero no quise mirar su contenido.
Salí. Caminé hacia la puerta. Detrás de mí todo se derrumbaba. Sentí miedo. Tal vez mi cuerpo aún yacía inconsciente. Decidí no mirar atrás, fuera o no real.
Me sentía más ligera, desintoxicada. Entré a un Pronto Copec a tomar un helado y, por primera vez, me sentí bien conmigo misma. Lo que había salido de mi cuerpo no volvería a entrar. Y ahí estaba: sobre el mesón de café.
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