Todo lo que me dolía era mío


Crucé Toesca a toda velocidad, deseando ser estrellada por los ángeles. No miré hacia los costados. El sudor me corría por la espalda mientras pedaleaba. En la mochila llevaba objetos de utilería, ropa interior y el maldito test.

 Golpeé la puerta de lata, toqué varias veces. Me abrió Juan. Estaba fumando marihuana y pasando la escoba. Preparaba el estudio. Me abalancé sobre él y lo abracé con fuerza, a la altura de su cadera. Olía a sobaco. Mis manos y piernas temblaban.

 Fui directo al baño a secarme el sudor. Me miré al espejo: estaba hecha un Cristo. No recordaba la última vez que dormí bien. Hacía dos meses me habían diagnosticado trastorno límite de la personalidad. Dormir seis horas era sagrado; si no, venían los temidos episodios psicóticos. Pese a que no quise medicarme, tomaba dos pastillas de quetiapina por las noches, recetadas por el psiquiatra del GES. No hacían efecto. Así que esa semana empezaba a sentir las trampas mentales del mal dormir. Mi corazón aún latía rápido, los muros respiraban y veía humo saliendo de mi cabeza.

 Juan se puso a mezclar música en el estudio. Ni me miró. Generalmente se ponía de mal humor conmigo y me evitaba.

 Me dejé caer sobre un sillón grasiento, color café. El techo estaba plagado de hongos por la humedad; formaban una cáscara negra que, poco a poco, se iba esparciendo. Esa casa-estudio se estaba cayendo a pedazos, como yo.

 —Estoy nerviosa porque hoy viene El Parque del Tigre. No estoy segura de mi propuesta para el video, pero realmente me esforcé. Recolecté flores secas del cementerio… Van con el Día de Muertos, ¿Se estrena el 31 de octubre, verdad? —hablé atropelladamente, sin aire.

 No hubo respuesta. Juan seguía pegado a la pantalla, mirando al infinito mientras se acomodaba el bigote.

 Entró Pedro. Me saludó efusivo, cerveza en mano. Me ofreció. No acepté.

 Este ser tenía tres novias y, al parecer, ninguna sabía de la existencia de las otras. Él y Juan se conocieron en la universidad, formaron una banda de cumbia y vivían juntos desde hacía cinco años. Lo que no sabía Pedro era que Juan estaba seguro de que le tenía envidia e incluso creía que le había hecho una brujería. Una locura. Eran amigos, pero tenían una rivalidad que se olía desde lejos.

 —Están buenas las flores —me dijo Pedro.

 Se puso a conversar con Juan. Fui por agua. Me sentía fatal, con náuseas. Quería ponerme calor en el estómago y acostarme. El aire se espesaba por el humo. No tengo nada contra la marihuana; tengo algo contra los marihuanos. Es distinto. Juan podía tener cuatro pesos en el bolsillo y esos cuatro pesos los usaba para comprar.

 Mientras me secaba las manos, escuché voces en la habitación contigua. Rogué que no fueran voces de episodio psicótico. Agucé el oído.

 —Tal vez deberías hablar con ella —decía Lila, la nueva novia de Pedro. Hablaba con Fernanda, la ex de Juan.

 Sí, yo salía con Juan. Pero él vivía con Fernanda y Pedro en esa casa-estudio. Todos músicos. Menos yo. Fernanda era una chica encantadora, en verdad. Podíamos pasar horas conversando en la cocina. De vez en cuando la maquillaba para algunos eventos. Venía de una familia muy conservadora y Juan había sido su primera pareja. Los padres de Fernanda confiaban en él; ponían todo el cuidado de su hija en sus manos. Era muy dependiente.

 Ella tuvo un par de relaciones con otros chicos, pero Juan la protegía. Varias veces los vi abrazados, conversando en códigos secretos. Me alteraba, porque no me incluían. Más de alguna vez conversamos si a ella le molestaba mi presencia, pero, según ella, yo no interrumpía nada.

 Con Juan teníamos una relación intermitente desde la pandemia. No éramos tan cómplices, pero desde hace un año nos veíamos. Me invitó a colaborar en su productora; yo estaba encargada del arte, vestuario y maquillaje. Al principio, la cosa no pintaba tan terrible entre nosotros: él fue muy atento, me escribía canciones y me enseñaba sobre su mundo. Había viajado por muchas partes y tenía vasto conocimiento sobre música.

 La banda ya había llegado a grabar el videoclip. Salí a saludarlos. Empezó a llegar más gente: público y amigos de los chicos. En silencio, me puse a trabajar en lo que me tocaba. Monté mis florecitas, las telas. Algo sé del oficio: muchos años viendo películas tarde o temprano entrenan tu ojo. Todo quedó montado como esa escena de Twin Peaks, en la que hablan al revés. Al revés se sentía mi cabeza, tropezada por mis propios pensamientos de angustia.

 Los músicos, previo a la grabación, compartieron cervezas con el resto del equipo. Hablaban de beats, de bass, de pimpumpass. Yo solo pensaba: tengo que hablar con Juan cuando esto termine.

 Grabamos cinco temas. Entró Fernanda junto a Lila a compartir con la banda. Llegaron más músicos. De pronto, el estudio se había convertido en una jam. Me sentía abatida. Los olores se volvieron insoportables. Entre los sobacos musicales y el humo, no daban tregua. Me comí todo lo del catering. Qué digo, no había catering. Solo cerveza. Y yo no estaba bebiendo.

 Juan estaba tocando la batería, Pedro el bajo, Fernanda el teclado. Se iban turnando junto a otros más. Yo miraba.

 Llegó Esteban, un gigante tatuado, cargado con drogas. El dealer de la casa-estudio. No hay mucho que decir de Esteban: lleva la mercancía.

 El ambiente comenzó a viciarse. Lila, por un lado, me hablaba de su padre: que no lo veía hace años, que no sabía cómo reconciliarse con esa energía, que quería formar una banda llamada Las Daddy Issues. Yo sentía un poco de lástima por ella. Era una amiga que había que cuidar mucho: había intentado quitarse la vida un par de veces, no volvía a su casa y era responsabilidad de los otros. Lila consumía mucho eme y decía que vivir en una eterna fiesta la ayudaría.

 Pedro, por otro lado, me enseñaba los pasos básicos de salsa. Se le metió en la cabeza que me gustaba la salsa —cosa que es cierta—, pero quería bailar conmigo, lucirse. A él le gustaba hacer eso. A mí me cansaba hablar con él; después de pasar tiempo juntos, me dolían las mejillas de fingir que me caía bien o que sus chistes eran buenos.

 Yo buscaba a Juan con la mirada, pero todos me comían la oreja. No estaba.

 Dos chicos, al estilo Antares de la Luz, conversaban sobre su gira por Europa. Decían que Portugal era increíble, que se irían a vivir allá, que los músicos tenían oportunidades, que este país estaba podrido, que acá nadie los escuchaba.

 La noche se me estaba dando fatal. Corrí al baño por los mareos.

 El baño daba justo a la muralla de la pieza de Fernanda. Mientras abrazaba el WC cubierto de sarro, escuché a Juan murmurar.

 No lograba recomponerme. Quería saber qué hablaban, pero el ruido no me dejaba oír. De pronto, un portazo.

 Me enjuagué la boca y, al salir, me lo topé.

 —Necesito hablar contigo. Es importante.

 —Ahora no, estoy ocupado. Después... o mañana, mejor —me contestó, gruñendo.

 La luz de la pieza de Fernanda estaba apagada. Parece que ella dio el portazo y se fue. Me quedé sola en ese pasillo. Sentí un dolor en el pecho. Quería saber por qué Fernanda había salido tan molesta.

 Juan, Lila y Pedro bailaban en el estudio, rodeados de seis o siete personas. Intuía que algo había pasado con Fernanda. No sostuve más la careta y me fui a la pieza de Juan.

 Me senté en la cama. Abrí la mochila, que ahora parecía un basurero por los restos de flores secas. Ahí estaba la prueba con las dos rayitas positivas. Por más que miraba el objeto, no sentía nada.

 Revisé el celular. El calendario marcaba un atraso de dos semanas. Sabía que esto pasaría. Aquella noche que nos reencontramos no usamos condón. Él acabó dentro de mí. No sé por qué no compré la pastilla. Todo era repasar cada movimiento mal hecho. No estaba segura de que Juan pudiera resolver, junto a mí, el lío en el que estábamos.

 Intenté conciliar el sueño. Entraron Juan, Lila y Pedro. Dieron un portazo. Se tiraron sobre la cama y se reían como unos sádicos. Olían a humo y alcohol. Pusieron la música fuerte.

 Qué tedio. Debí haber gritado, pero no tenía fuerzas.

 Volví al baño. Me encerré. Me metí a la bañera y lloré. Lloré por todas las generaciones de mujeres de mi familia. Me estaba exponiendo a una situación insostenible. Mi psiquiatra dijo que era típico del trastorno tener relaciones así. Lo culpaba a él, a mi madre por haberme transmitido la enfermedad. Juan no me quería. Y yo aquí, embarazada de él. Juntos no hacíamos ni dos neuronas. Pensaba que todo esto, este caos, se le estaba traspasando al feto. Que incluso eso lo estaba pasando mal ahí adentro. Tenía pocas semanas. Tal vez estaba exagerando. Había que terminar con esto. Pronto.

 Busqué información en mi celular. Leí sobre abortos. Todo me asustaba. Los foros, las redes, la sobreinformación: todo me parecía lejano, frío y ¡un delito! No tendré una guagua con ese. Prefiero irme presa.

 El ruido había cesado. Tal vez ya se habían ido. Afuera comenzaba a amanecer. El cielo se estaba vistiendo de día. Lo veía desde la ventana. Me limpié las lágrimas.

 Juan era un estúpido.

 Lo que me enamoró fue su arte. Escribía mejor que yo, tenía cabeza para componer, se lo doy. Pero era un primitivo. Se acostaba con todas, y de seguro todavía con la ex, con Fernanda. Olía mal todo el tiempo: una mezcla de ropa sucia y hierba quemada. Una vez le vi un gusano en la uña del pie. Incluso llegué a pensar que se tiraba a la mamá. Tenía una fijación inexplicable con la vieja. Se drogaban juntos. En mi casa me habrían molido a palos si sabían que había probado la coca. Mi mamá, durante su embarazo, había quedado postrada desde los dos meses. Y la bendición, jalando del culo de una desconocida en una disco.

 Tenía que dejar a Juan.

 Fui a la habitación. Juan, Lila y Pedro estaban abrazados en la cama. Agarré mis pilchas, la bicicleta y pedaleé a casa. Estuve trabajando gratis todo este tiempo. Podría haber buscado chamba de mesera, cajera o promotora. La pastillita cuesta un sueldo mínimo. Tenía dos opciones: tenerlo o gastarme los últimos ahorros. Eran mis últimos pesos postpandemia. Esos ahorros me ayudaban a vivir mientras estaba cesante. No pagaba mucho en la pieza donde vivía, pero sabía que este gasto me obligaría a buscar trabajo antes de lo previsto.

 Pero me pesaría más no hacerlo.

*


Pedí hora en un centro de salud privado. El médico que me atendió era mayor, caminaba lento y olía a libro antiguo. Me revisó y dijo que estaba embarazada; solo con el tacto pudo descubrirlo.


 —Quizás sean dos.


Estuve toda la consulta en silencio. Él no sabía lo que haría. Fui a la cita por procedimiento, pero necesitaba confirmar el punto de partida. No podía mirarlo. La culpa me desbordaba, como si oliera la decisión pegada a mi ropa. Notó mi frustración. Dijo que todavía estaba a tiempo. Fue una manera delicada de decirlo. No ofreció ayuda. Solo me preguntó en qué trabajaba, si sabía quién era el padre, si esa persona estaba relacionada conmigo. A todas mis respuestas, veía que hasta para él no tenía sentido continuar. Dejó que llorara en su consulta.

Salí quebrada. Fui directo a los exámenes. Me hicieron pasar a una habitación pequeña para cambiarme, luego a la sala de ecografía. Esperé. Cuando entraron, oyeron los latidos y calcularon el tiempo. Me trataron con la indiferencia que se reserva a quienes no sonríen.

*

Valeria me ayudó: la mejor amiga de una amiga, de la amiga de otra amiga. Una chica con plata, de esas que resuelven todo con dos llamadas. Nos habíamos conocido en una fiesta. Tenía el contacto de la pastilla, confiable. No tardé mucho en recibir esta información. Pese a todo, existe una gran red en internet que agiliza estas cosas.

La conversación con Don Remedios fue en códigos. Imagino que por miedo a tener el celular pinchado... qué sé yo. Él viajaría desde la Quinta Región a Santiago para pasármela. Nos juntamos en Av. Brasil, cerca del metro. Iba con la mente en blanco y el corazón a mil. Me asustaba más la idea de que me descubrieran y terminara en un problema mayor. Ese miedo se extendía: podía desangrarme y terminar en urgencias.

Subí a un auto polarizado. No daré detalles de la persona que me entregó la pastilla; tal vez siga salvando vidas y no quiero exponerle. Dio instrucciones, muchas. Hablaba sin parar, como si recitara algo aprendido. Me preguntó si tenía preguntas. Anoté lo más que pude. Dijo que, cualquier cosa, le escribiera. Se refería a si algo salía mal durante el procedimiento. Fue un trámite. Atravesar sola esa situación me puso triste. Me preguntaba si era necesario contarle a Juan.

Juan estuvo intentando contactarme toda la tarde. Todavía no le contaba. Un nudo en la garganta me empujaba; tenía que hacerlo. Necesitaba saber cómo iba a reaccionar. Después de todo, él también era responsable. Habían pasado varios días desde que no nos veíamos y tenía la sensación de que todo se derrumbaría si no le decía. Me mantuve a flote esos días a punta de pan casero, ropa limpia y películas a medio ver. Pero nada alcanzaba. Nada me sostenía del todo. Tampoco tenía amigas a quienes pudiera pedirles ayuda. Mi madre tampoco; ella es muy religiosa con estas cosas. Pero algo me dice que también pasó por lo mismo. Quizá por eso nunca hablamos del tema. Tuve una tía abuela que murió por un aborto mal hecho.

Últimamente, en la micro, en la fila del súper, en la consulta, miraba a las mujeres y presentía que varias habían pasado por esto. Aun así, no podía confiar esto a mi madre.

Quedamos de juntarnos en Cumming.

Algunos locales estaban decorados con arañas y calaveras de plástico. Se ofertaban los últimos disfraces de diablitos y calabacitas. Se aproximaba una de mis celebraciones favoritas. La primavera era una puerta para los niños que deseaban pintar sus caras y subirse a los balancines; corrían de un lado a otro. Frente a toda esa postal, pensaba que dentro de mí había algo creciendo. Era extraño: entre náuseas y mareos, me sentía más poderosa que nunca. Gustaba de poner los pies sobre el césped. Mi cabello y rostro brillaban. Las personas que me conocían decían que algo me había hecho, que me veía reluciente. Yo pensaba para mis adentros: claro, es el embarazo. Pero temía contarlo. No había necesidad si acabaría con ello.

Juan llegó en una bicicleta amarilla. Conversamos. No quería estirar más el asunto. Fui directo al grano:
—Estoy embarazada. Cuando me enteré fue el día del videoclip; no pude contarte. Fui al médico al otro día. Efectivamente estoy embarazada. Me pidieron unas pruebas. Estos días han sido complicados… Me conseguí la pastilla para abortar. Perdón, la compré. Me salió carísima.

No podía frenar el relato. Era mucho por contar.
Juan tenía los ojos como platos, pero sin palabras. Movió los labios, como queriendo decir algo, pero no quiso interrumpirme mientras le relataba lo vivido. Tampoco tenía mucho que decir. Su esfuerzo por acercarse fue casi simbólico: unos mensajes sueltos y dos llamadas tardías.

Quedamos de hacerlo juntos. Dijo que él podía acompañarme ese día y para que estuviera más cómoda, lo hiciéramos en su casa-estudio. No me negué. Después de todo, ni siquiera me ayudó a pagar la pastilla y no estaba dispuesta a correr el riesgo de que mis roomies me vieran sangrando y cagándome por toda la casa. En el fondo, tampoco era tan mala idea: al menos alguien estaría allí.

Preparé un bolso con ropa interior, dos cambios de muda y mis útiles de aseo. En un par de días más esto terminaría, pensaba.

Llegué a lo de Juan. Me recibió muy amablemente: tenía un incienso prendido, sábanas limpias, música suave y pidió pizza. Esa noche puse la película Retrato de una mujer en llamas. Vi la película casi en automático, sola, aunque él estuviera ahí, durmiendo.

A las siete de la mañana, tomé la primera pastilla. La expectación me tenía con el corazón en un puño. Juan dormía. En la casa estaban Fernanda y Pedro, cada uno encerrado en su pieza.  Más tarde comenzó a hacer efecto la segunda dosis. Entre cada una tenía que haber una ventana de horas. Mi cuerpo comenzó a experimentar uno de los dolores más profundos y desgarradores. Iba y venía al baño, a medida que me daban cólicos. Tenía miedo de que eso se fuera todo por el baño. Había leído que a muchas mujeres les había ocurrido. La curiosidad era más fuerte; saber cómo era me daría la certeza de que finalmente había salido de mí.

La tercera pastilla hizo tumbarme sobre la cama, en el piso, sobre una mesa. Me ponía en cuatro patas, de espaldas. Mecí mi cuerpo hacia adelante y hacia atrás como si fuera a transformarme en una loba. Vomité. Juan no sabía qué hacer; solo miraba y me sobaba la espalda. Sentí tanto dolor que miré al techo. Pensé que así debía verse por dentro mi cuerpo: húmedo, infectado, abandonado. Entraba un pequeño haz de luz por la ventana que quemaba mis ojos. Estuve lagrimeando un buen rato en silencio, como si fuera María Magdalena. Corrí al baño. Tuve una diarrea explosiva que me deshidrató aún más. Me desmayé en el baño.

Juan entró tras escuchar el porrazo. Me cargó y llevó a la cama. De reojo vi a Fernanda llevándose la mano a la boca. Había perdido mucha sangre. Tal vez fue eso lo que la asustó. O el golpe. En realidad, no me importaba. Juan me recostó y cubrió hasta el cuello. No quería sentir nada sobre mí. Aunque estaba helada y pálida, no soportaba el roce de las sábanas. Gemí un largo rato. Después, me dormí. Juan también.

Pasadas las horas, seguí sangrando. De pronto, una electricidad golpeaba mis caderas. Sentí que se abrían por dentro. Que la columna se partía y los huesos quisieran salirse por la espalda. Me puse en cuclillas, como para parir. Juan seguía dormido. Desde mi interior se desprendió una masa gelatinosa, roja y profunda. Cayó sobre la toalla higiénica. Ahí estaba. Era muy pequeño. Lo miré unos segundos. Quise tragármelo. Volví en mí. No lo hice. Eso es para las gatas. Lloré en posición fetal. Sentí alivio. Volví a respirar. Intenté despertar a Juan, pero estaba profundamente dormido. Después de todo, estaba demasiado cansada para seguir buscando su atención.

Luego de horas, seguí desprendiendo restos. Juan durmió casi todo el proceso. Volví a mirar el techo. Las costras se habían caído; el techo estaba un poco más limpio. Salí tambaleándome hacia el baño para darme una ducha. Pedro y Fernanda me abrazaron en el trayecto. Era tan raro: no eran las personas que quería que estuvieran ahí. Hubiera preferido estar en mi casa sola. Haber arrendado una pieza de hotel. No, eso no estaba dentro de mi presupuesto. Juan estuvo ausente casi todo el proceso.

Tomé mucho líquido. Mi útero se sentía como una sandía deshidratada y violentada.

*

A lo que se le conoce como Día de Muertos, en Chile le decimos Halloween. Es una celebración previa al uno de noviembre. Acá, los niños se disfrazan y piden dulces o hacen travesuras. Por las noches se arman fiestas de disfraces. Le copiamos a los gringos.

Me enteré de que Fernanda y Juan seguían acostándose. Me encolericé, pero no había mucho que hacer. Juan me lo dijo luego de que salí de la ducha. Era treinta y uno de octubre. Se había pospuesto el estreno del video y yo había abortado en la misma casa donde él me engañaba. Fernanda no quiso hablar conmigo. Se escondió como una rata.

Caminé a casa de noche. En el metro, todos los chicos vestían sus mejores ropas para conquistar la fiesta. Reían a carcajadas, llevaban latas de cerveza, botellas de ron barato y hablaban a viva voz sobre lo que harían. Hacía calor. Las luces de los focos me encandilaban. Llevaba mis calzones manchados de sangre en la mochila y los envoltorios de las pastillas. Tenía ganas de tomarme una cerveza con ellos, con esos jóvenes eufóricos.

Preparé un fuego con los restos de un mueble viejo que tenía. Solo se escuchaba el reguetón de los vecinos esa noche, y nadie me molestó por encenderlo. Vivía en un block, en el primer piso. Pasaban algunos vecinos y saludaban. Esa noche mis roomies no estaban; habían salido de fiesta o algo. Se suponía que yo no llegaría por lo pronto, pero el plan salió de otra forma. Tenía puesto un polerón oversize y desde su bolsillo saqué el ser envuelto en toalla nova. Era tan diminuto y gelatinoso. No podía creer que mi cuerpo había sido capaz de crear vida.

A los ojos de cualquiera, todo podía ser un alivio. Y sí, lo fue. Miré la toalla nova mientras me caían lágrimas, le di las gracias y lo arrojé al calor. No sabía cómo iba a recuperarme. La quetiapina esa noche tendría que hacer efecto. Y la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente.

Hoy, cada vez que veo fuego, arde un poco mi cuerpo y me veo retratada en las llamas.

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