En la punta de la lengua
(este texto fue escrito el verano del 2024, reeditado el 15 de Septiembre del 2025)
Quedamos de juntarnos en la estación de metro Cementerios. Recorría por primera vez los patios del Cementerio Católico, en lo que también fue la primera salida oficial que compartimos con Bruno. Generalmente, nos juntábamos a beber cerveza y a fumar, o nos encontrábamos en eventos de arte donde también bebíamos y repetíamos lo de siempre. La propuesta de cementerios la hizo él; para mí estaba bien. Sinceramente, ya me había cansado de invitarlo a lugares: no volvería a perder mi dignidad en otra salida fallida. Le acepté más que nada por orgullo, aburrimiento y calentura.
Ese día decidí ponerme un vestido negro con hombros descubiertos, unos bototos color púrpura y unas argollas gruesas. Sabía que sería una visita a un sitio lúgubre y, a pesar de que no siempre me apego a las reglas y a los códigos de vestimenta, vestir de negro en un cementerio era una de esas normas que respeto. Pero al ser una cita, también quería verme atractiva. Bruno, al igual que yo, también se vistió de negro, semi informal, con una camisa de manga corta abotonada hasta arriba y un pantalón muy corto que dejaba ver sus morenos muslos tatuados, una pulsera de plata en su muñeca y el cabello cortísimo, casi calvo; a mí me gustaba todo eso, le daba un aspecto de chico malo. Era un hombre moreno, alto, ejercitado, tatuado y, a diferencia de otros varones con tatuajes —sé de lo que hablo—, parecía tener buena higiene. Usaba muchísimo perfume; no me molestaba, pero a ratos, me mareaba la ficticia esencia varonil con notas cítricas. Soy más de olores corporales. Por otro lado, soy de estatura media, cabello castaño largo y de contextura media, destacándome por tener muslos muy gruesos. Eso me ha llevado a algunas situaciones, a veces incómodas: he pillado a uno o varios varones descarados con la mirada fija en mi trasero. También algunas chicas me miran, pero son más disimuladas.
Esa tarde me puse un diminuto bikini con tiritas a los costados; lo hice por si había que maniobrar de manera rápida o disimulada. También soy de las que llevan mil cosas en la cartera, incluyendo un cambio de ropa interior y cepillo de dientes.
Luego de saludarnos e intercambiar un par de palabras, Bruno me acompañó a comprar flores para mi bisabuela, que supuestamente estaba enterrada en el Cementerio Católico. Mis papás la habían visitado hace pocos meses; yo, en cambio, jamás. Pensé que un gesto mínimo sería llevarle unas flores o unas rosas, un acto simbólico que mi mamá me enseñó a hacer cuando visitábamos a otros familiares o amigos.
Con nerviosismo y torpeza, elegí el ramo más próximo. No me molesté en pensar cuáles se verían más lindas, pero compré algo pensado para una persona de edad; ni siquiera tenía edad: estaba muerta. Fue todo muy desatinado, aunque disimulé. La presencia de Bruno me dificultaba concentrarme.
Construido a fines del siglo XIX por el arquitecto francés Paul Lathoud, el Cementerio Católico fue pensado como un recinto monacal, un espacio de recogimiento apartado del bullicio de la ciudad. Tal vez por eso, la fachada es tremenda: un muro imponente de concreto que encierra su propio universo interior. Curioso, porque visto de lejos parece más bien una discoteca exótica de esas que están a las afueras de Santiago.
Le pedí a Bruno que esperara en recepción mientras yo iba a preguntar por el nicho donde descansaba mi bisabuela, pero hubo problemas: no encontraban dónde estaba enterrada. Tras varios minutos, revisiones de libros antiquísimos y tecleos en un computador del año de la cocoa, nunca dieron con su paradero. Entramos, lamentablemente, sin noticias de mi bisabuela y no estaba dispuesta a perder tiempo: los cementerios cierran temprano y el sistema análogo de búsqueda no ayudaba. Tal vez la encontraría entre los nichos; tenía algunas referencias que me dieron mis padres —bastante malas, por cierto—.
Bruno y yo compartimos varias coincidencias, y la muerte era una de ellas. Aunque ambos tenemos familiares fallecidos, lo que nos convocaba ese día no era el duelo, sino el morbo: caminar entre criptas, nichos y esculturas. Que mi bisabuela estuviera enterrada allí no fue la razón de la visita, tampoco llorar sobre nuestros muertos. La muerte, al fin y al cabo, se puede vivir de muchas formas.
El silencio seco invadía el espacio. En algunos pasillos apenas entraba la luz, y un vacío triste lo impregnaba todo. No estaba abandonado, pero se sentía poco transitado, casi olvidado; esa tarde, en particular, estaba desolado.
Saqué mi cámara de video, una handycam que me había comprado para un viaje a México. Hoy casi no se usan: los celulares hacen todo, registran momentos y hasta los editan en el mismo aparato. Pero a mí me gusta que el video quede en un solo lugar; la calidad de imagen es mejor, y es algo que mi Samsung no me da. Cosas de millennial: crecimos en los inicios de la masificación tecnológica, cuando cada aparato cumplía una única función. Yo sigo siendo una romántica en ese ámbito.
Él llevaba su cámara análoga; no sabía que tomaba fotografías. Hablamos hace un año y nunca me lo había mencionado. Es un hombre misterioso, o quizá solo juega a serlo. Aunque, siendo sincera, hoy podría entrar tanto en la categoría de fuckboy como en la de sigma. Sé que una cosa no tiene nada que ver con la otra, pero esa es la impresión que me da. (Aclaro: estas categorías las saqué de internet; no son de mi autoría).
Nos conocimos en un grupo de Facebook; somos amantes del cine y, aunque no siempre coincidimos en gustos, nos encanta discutir sobre estrenos, clásicos y películas de clase B. En nuestra segunda cita me contó que tenía novia: una millonaria, hija de alguien dueño de una gran marca de bebidas. Ahora ella está de viaje, estudiando un diplomado en Europa; me imagino que debe ser preciosa. Llevan seis años juntos y, según lo que me ha contado Bruno, tienen ciertos acuerdos dentro de la relación, acuerdos no monógamos que nunca me han quedado del todo claros. Solo sé que él coquetea conmigo, y dentro de lo que me ha contado, creo que está bien. Yo, en cambio, soy una chica soltera que no busca romance; más bien busco una conexión y pasarla bien.
A modo de juego, nos adentramos por los pasillos en busca de algo paranormal. Ni yo ni Bruno habíamos sido testigos de ninguna aparición ni situación fantasmagórica en nuestras vidas; podría parecer un juego morboso: dos adultos visitando cementerios para llevarse una anécdota a casa. Dos góticos nostálgicos que cargan muertos en su memoria. Yo creía que solo nosotros podíamos compartir algo así sin sentirnos extraños o ajenos, pero claramente no éramos los únicos. Divisamos varias parejas, algunas con latas de cerveza, e incluso encontramos un condón usado; parecía un panorama bastante común.
En un momento del paseo, sentí una tensión entre los dos; había un calor sofocante que me empujaba a acercarme más a él. El sudor era inevitable; me corría la gota y bebí mucha agua para no deshidratarme. Al parecer, esa tensión era producto del calor y de mi delirio, porque no pasaba nada. Él se reía bastante de mis chistes malos y, a veces, hacíamos comentarios en doble sentido, pero la caminata no cesaba. Entramos en un laberinto; ya estaba mareada y lo seguía, aunque a ratos me alejaba. El lente de mi cámara lo volvía a encontrar. “Me gusta cómo camina, cómo se mueve; camina con la cabeza arriba y el pecho levantado.” El tipo sabe lo que tiene o lo que provoca en mí. Me perdí. Volví. Hacían como treinta y cinco grados; quería sentarme, pero no había dónde.
No es un lugar muy cómodo para visitar a tus muertos: carece de bancas. ¿Y los que quieren llevar flores plásticas, fotografías, chucherías, amuletos o simplemente conversar con sus familiares o amigos, dónde está el rito? Muy poco de eso vi. El gran muro en blanco se repetía en los pasillos. No había pizca de identidad latina.
Bruno se veía muy a gusto, incluso feliz. Me pregunté qué pasaría por su cabeza. Parecía un niño pequeño descubriendo la vida, metiéndose en lugares extraños; buscaba un subterráneo o algún lugar donde esconderse —o escondernos—. Todo en él me provocaba ternura. Que sus padres fallecidos no pudieran acompañarlo en sus logros de adulto me entristecía mucho. No era una pena compasiva de: “mira el pobre”, sino más bien una reflexión sobre la importancia de tener vivos a tus padres, acompañándote. Mis papás no fueron un ejemplo de cuidados, pero de adulta la vida se me hacía mucho más sostenible sabiendo que ellos estaban ahí, al menos por un tiempo más. Me di cuenta, en esa cita, de que quería a Bruno más de lo que me imaginaba.
Después de caminar mucho rato, entre charlas profundas y silencios cómodos, un tipo random nos avisó que iban a cerrar. Digo random porque ni siquiera trabajaba ahí. La administración del cementerio no parecía muy preocupada: no vi guardias, salvo a la entrada. Dimos la vuelta y evitamos encontrarnos con el personal.
Para mi pesar, no di con el paradero de mi bisabuela Humilde, una mujer que falleció a los cincuenta años de diabetes, divorciada en los años 20. Ella estaba dispuesta a correr el riesgo de rechazo y estigma social; no iba a aguantar otra golpiza. Tuvo cinco hijos y le gustaba ir al hipódromo y apostar. Por esto, los pesados —incapaces de soportar a una mujer emancipada— le gritaban que era lesbiana, como si fuera un insulto.
¿Cómo podía desarrollarse la sexualidad de una mujer en esos años? Las casaban en la adolescencia, obligadas a la heterosexualidad y a criar. ¿En qué momento podían explorarse a sí mismas, descubrir lo que realmente les gustaba? No se hablaba de placer ni de consentimiento. Tal vez doña Humilde, si era lesbiana o bisexual, nunca lo sabremos con certeza.
No dimos nunca con su nombre, con su tumba, con su fecha de muerte, nada; las flores aún las llevaba conmigo, con la esperanza de encontrarla y proceder al rito.
Sin decirnos nada, nos alejamos de la entrada del cementerio para aprovechar un poco más la visita. Le pedí a Bruno que me grabara con la cámara; coqueteé al lente entre unos hermosos árboles de cerezos, nos reímos y me puse nerviosa. Fue idea mía, pero no lo soporté. Hoy tengo esos registros; esa es la gracia de grabar: reencontrarte con tu pasado y volver a avergonzarte aunque dure segundos.
Encontré un asiento y le pedí a Bruno una pausa. Se sentó a mi lado, y las respiraciones tras haber caminado mucho rato bajo el sol llenaron la atmósfera. Yo intentaba acercarme a él y, con la poca brisa, su olor corporal se entremezclaba con su perfume. Sentí algo en mi entrepierna: una cosquilla, una tensión. Él rápidamente se levantó y se alejó para mirar unos nichos; lo seguí mientras prendía la linterna de su celular para inspeccionar un hoyo vacío. No se daba por vencido: buscaba algún cráneo o unos huesos.
Yo quería que mirara hacia arriba, que aprovechara que estaba agachado y me lamiera completa, empezando por las piernas, luego el culo, subiendo por el vientre hasta succionar mis pechos y terminar mordiendo mi cuello: el primer vampiro del Cementerio Católico. Mis fantasías no desaprovecharon la oportunidad; Bruno no era tonto, lo más seguro es que notara en mi rostro todas estas señales que le enviaba con la mente. Elijo creer que solo lo puse nervioso.
Salimos del Católico y teníamos aproximadamente una hora para visitar el Cementerio General, que queda a pasos. Quería dejar las flores sin sitio que había comprado —para mi bisabuela— sobre la tumba de Violeta Parra, pero caminamos hacia el lado contrario. Bruno conocía mejor ese lugar; es vecino y supongo que ha tenido suficientes citas o guarda secretos de ultratumba que jamás me revelará. Me llevó a un sector bonito, con muchos árboles, donde los nichos eran grandes, de familias ricas e importantes.
Lo llamativo del Cementerio General es que es muy visual: había una variedad de esculturas, flores, tumbas e historia. Las personas tenían más libertad para conmemorar a sus muertos y había suficientes sitios de descanso. Entre estas historias se encuentra la de una de las animitas más conocidas, Carmencita, cuyo origen se mezcla con mito y realidad. Se dice que fue una niña de nueve años, violada y asesinada brutalmente en 1949; o la misma leyenda, que Carmencita, una joven de quince años, se suicidó en el mismo lugar de su tumba tras un amor prohibido; aunque las investigaciones del cementerio indican que en realidad se trataba de Margarita del Carmen Cañas, una mujer que llegó a Santiago desde el campo en 1933 y, tras dedicarse a la prostitución, hay poca data sobre esto, murió en 1949 a los treinta y siete años en el Hospital San Francisco de Borja. Una historia más, dentro de todas las que se pueden encontrar en este lugar.
Nos alejamos lo suficiente de Violeta Parra. Bruno me recordó que, en la dirección que íbamos, se encontraba Winétt de Rokha y, quien la acompaña en su nicho, era su marido, Pablo de Rokha; ambos escritores. Llegamos y, junto a la placa con sus nombres y fechas, el epitafio decía: “Aquí duerme y crece para siempre la más hermosa flor de los jardines del mundo”, dedicado por Pablo de Rokha a su esposa. La historia en torno a los de Rokha es un poco perturbadora y triste. Dejé las flores lilas y blancas dentro de una botella de plástico que encontré tirada; eran las únicas flores que decoraban un nicho que parecía mal cuidado.
Con Bruno no queríamos terminar esta aventura; faltaba algo más. Mi deseo era claro, pero no haría nada si él no daba el primer paso. Caminamos en dirección contraria a los guardias y encontramos una pileta llena de peces coloridos. Como última carta tentativa, me senté con las piernas abiertas, saqué mi handycam y grabé a los peces. Nos reímos, le inventamos personalidad a los más grandes, pero Bruno estaba inquieto: algo quería o buscaba; comenzaba a notarse el sudor en su frente.
Nos metimos entre las tumbas y los frondosos árboles que ambientan los patios. De la nada, me dijo que estaba caliente: a secas, sin interludio. Antes de eso, yo le había contado una anécdota. Durante mi adolescencia, había tenido sexo en un cementerio. Bruno quedó flasheando; me confesó que le excitaba la idea de hacerlo en un cementerio. Lo que él no sabía era que yo había ficcionado esta situación. De adolescente no le tenía miedo a nada; hoy sí, podrían lincharnos, pero quería saber hasta dónde llegaríamos.
Se detuvo y miró su pantalón cortísimo: tenía una mancha blanca muy cerca de su miembro. Intentó limpiarse con saliva, me miraba y se quejaba. Me burlé de él, pero insistía en sacarse la mancha. Encontré una manguera, me agaché de cuclillas con las piernas abiertas para abrir la llave y me di cuenta de que estaba mirando directo a mi bikini. Intentó limpiar su pantalón con el agua de la manguera, pero la mancha seguía.
Nos sentamos sobre una tumba. Cogió un poco de saliva con sus dedos y restregó la tela con ligereza. Me acerqué a la altura de su cara, cerca de sus labios, sonreí; él miraba mi boca y me pareció sentir su aliento. —¿Por qué no lo intentas con tu saliva? —dijo Bruno. Quedé desconcertada, puse mis dedos sobre la punta de mi lengua, escupí e hice lo que pude pese a mi deshidratación. Mis labios estaban muy cerca de su miembro, mis manos rozaban su pene erecto; froté la tela, subí la mirada y la cara de Bruno apuntaba al cielo, tenía los ojos cerrados y su arco de cupido me seducía a querer morderlo.
Las manos las tenía apoyadas sobre la tumba; estaba con las piernas ligeramente abiertas y la respiración acelerada. Sentí su olor. Deseaba sentir el peso de sus manos en mis mejillas, sus dedos en el fondo de mi garganta y que me pidiera que se la chupara. Un líquido caliente cayó de mi vagina y mi cuerpo se dejó llevar por el deseo. —Estoy muy caliente —dijo él. Acaricié su muslo; mi mano temblaba. No me arriesgaba a tocar directamente su miembro, podía arruinarlo. Me sudaban las axilas y la entrepierna; quería que pasara todo ahí, no me importaba subirme el vestido y montarlo, comerlo a besos: lo venía deseando hace meses. Follar entre flores marchitas y un montón de huesos, sobre cenizas de desconocidos que alguna vez también experimentaron el placer y el deseo.
No pasó nada de eso. Bruno, de golpe, salió del trance, se levantó y caminó. Mi corazón se detuvo, pero un suspiro lo hizo volver a su centro. No sentí nada, solo un vacío que congeló mis neuronas. Entre todas mis máscaras, en ese momento sonreí y decidí no complicarme: Bruno solo tenía una cara bonita, pero carecía de ternura, algo que a mí me sobra. Era el tipo de hombre con el que era mejor solo tener fantasías, porque si el acto se consumaba, ahí la que perdía era yo. Ahora lo pienso: tal vez le invadió la culpa o temió ser devorado por mí y a la adicción que suelo provocar en otros.
Falleció un amigo de la infancia, muy querido: Jhonny, vecino de mis abuelos. En un viaje a Brasil se complicó de salud y, a su regreso, estuvo unos días hospitalizado hasta que su vida se apagó a los veintiocho años. Él me animaba a grabar videos y a actuar frente a cámara cuando apenas teníamos nueve años. Recuerdo que me quería mucho, pero por motivos familiares nos alejamos; no compartí con él lo suficiente, nuestras familias eran muy complicadas. Jhonny era un tipo divertido y afectuoso, pero su familia era un nido de víboras: nunca reconocieron abiertamente su homosexualidad. Jhonny murió de la enfermedad, un descuido.
El día de su entierro, en el Cementerio Parque del Recuerdo, luego de que terminara la ceremonia, me alejé del grupo y fui a caminar por el parque. Sentía mucha angustia por no haberme despedido de mi amigo; tampoco sabía que tenía complicaciones de salud, fue todo muy repentino.
Cerca de la capilla vi a Bruno; estaba igual. Habían pasado seis meses desde la última vez que nos vimos. Andaba con una chica alta, morena, de cabello crespo, guapísima; deduje que era su novia o una nueva conquista. Solo nos miramos. Mis ojos estaban hinchados y rojos, andaba sola y, en ese momento, necesitaba un abrazo amistoso o un hombro de contención: la muerte de un amigo es como la propia, se siente demasiado cercana, y yo no había pensado en esto antes.
Enojada, tragué saliva. Esa tarde estaba muy fría; por suerte llevaba mis guantes de lana y una bufanda que abrazaba mi cuello. Me puse lentes de sol para ocultar las lágrimas, prendí un cigarro y coloqué una playlist de salsa que hice hace varios años, que hoy me recordaba a Juan, otra conquista sin concretar. Sonó Éxtasis de amor, de la Sonora Ponceña. Volví a casa viviendo el drama.
Fantástico relato. Bruno... No se habla de Bruno (jeje) si va a ignorar los manjares.
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