Transitando el declive

 

Llevaba días sin dormir. Trataba de hacer tantas cosas durante el día para que no me diera tiempo de pensar. Algunas noches, unos pequeños diablos bailarines y burlones me susurraban barbaridades. No podía dormir y, cuando lograba hacerlo, algo se sentaba sobre mi pecho; un ruido ensordecedor golpeaba mis oídos y me despertaba. Cada noche temía enfrentarme a las pesadillas.

Aparentemente, nadie más lo notaba, nadie veía mi sucesivo deterioro, ni siquiera Máximo, mi roomie, con quien en algún momento fuimos muy amigos, pero hoy por hoy nos separaban diferencias. Se acercó a mi puerta:

—Mañana viene un amigo a quedarse, de Rancagua; nos conocemos de muy chicos y estoy seguro de que te caerá súper bien, es hetero de esos que a ti te gustan.

—Ya —dije con indiferencia—. Me imagino que va a dormir contigo, así que ningún problema.

La casa era muy chica para ser tres. A la tarde siguiente, compramos dos botellones de vino, un par de cosas para comer y Máx estaba guardando hongos para esa noche.

No estaba muy animada; me obligaba a compartir, solo para no pensar Esperamos hasta la noche. Llegó Felipe, el amigo: un tipo lana, con un chaleco de mil colores y una pinta de hippie de los 2000. Cargaba una mochila de las que se usan para viajar. Esperaba que solo se quedara una noche; no me gustan las visitas.

Luego de conversar y compartir el vino, Felipe le pidió a Máximo los hongos. Primero ellos comieron y, después de pensarlo varias veces, comí yo, con un poco de miedo. Llevaba muchos días durmiendo mal, pero mi ego me obligaba a no quedar mal con los chicos.

Sentí que pasaron varias horas mientras reía con mis propias conversaciones internas, derritiéndome en los orificios del sofá. Una música electrónica retumbaba en las paredes y ellos conversaban sobre algo de su infancia. No sé; no distinguí.

Vivíamos en un block de Renca, al lado de la autopista. Muy pequeño: tres habitaciones, cocina, baño, y la entrada de la casa la ocupábamos como pista de baile, comedor, lugar de reuniones, fumadero, entre muchas otras funciones. Pequeño y precario, tratábamos de decorarlo con nuestras pinturas para hacerlo más hogareño.

Esa misma noche pusimos una luz roja que iluminaba toda la casa. Los tonos negros contrastaban con intensidad entre la neblina roja. Felipe estaba sentado en el piso mirando hacia la nada; Máximo bailaba al ritmo de la música electrónica; yo miraba fijo la luz roja y movía mis manos al unísono.

En medio del trance individual, alguien tocó la puerta y nos miramos cómplices. Máximo me miró levantando su ceja y caminó lentamente hacia la puerta. Estuvo conversando unos minutos, o tal vez fueron segundos; para mí fueron dos horas. Cerró.

—¿Quién era? —le pregunté.

—Nadie, ja, ja, ja.

—¿Cómo que nadie? — Era claro que había intercambiado palabras con alguien.

—Ay, amiga, vuelve a lo tuyo nomás.

Máximo se paró para ir por un vaso de vino a la cocina. Felipe lo siguió. Yo estaba demasiado derretida como para seguirlos y, además, quedé preocupada con la intervención.

Todo se movía a mi alrededor. La luz encandiló mis ojos y sentí que algo me atravesó desde el iris hasta quedar pegada como un chicle en el sillón. Quedé inmóvil, con la barbilla pegada al cuello; solo mis ojos tenían acción. Miré hacia la cocina y vi dos sombras que doblaban el tamaño de una persona normal; se paseaban en círculos. ¿Por qué Felipe y Máximo estarían haciendo eso? Comencé a respirar rápido, no podía articular una palabra. Los bajos de la canción entraban como apuñaladas en mis tímpanos; fruncí el ceño. Me estoy malviajando.

A paso lento, una sustancia negra que flotaba salió de la cocina. Iba en mi dirección. Intentaba moverme, pero mi cuerpo no respondía. Intenté calmarme.

—Respira hondo, Magda —me convencí.

Logré cerrar los ojos y apretarlos, concentrándome en relajarme. Escuché la risa aguda de Máximo a una distancia con eco. Reconocí en ese momento que me molestaba un montón esa risa malvada, burlesca. Máximo aparentaba ser una persona extremadamente empática, cuando en realidad le encantaba jugar con las personas.

Volví a abrir los ojos y la sustancia ya no estaba. Tampoco los chicos. Estaba todo en silencio, incluso no sonaba la música.

Caminé como pude hacia la cocina. Había vino desparramado por todo el piso; me mareó el olor y vomité sobre el lavaplatos. Necesitaba recostarme. Me pregunté a dónde irían; tenía que contarles de la sustancia. Al parecer, estaban encerrados en la habitación de Máx, porque oí murmullos. Agitada, fui al baño para mirarme al espejo y refrescarme. Qué fea me sentía últimamente, con la cara toda hinchada y el pelo seco. Pestañeé rápido pensando que el rostro cambiaría.

Volví al sillón, prendí el parlante, puse una canción de mi gusto (Ooo Baby Baby) y me recosté sobre mi cama. No cerré del todo la puerta para escuchar el tema. Increíblemente, pese a los efectos de los hongos, me dormí.

Una mano recorría mi cintura suavemente; rozó mis pezones, subió a mi cuello, terminó en mi boca e introdujo un dedo. Me movía junto a la suavidad del tacto.

Abrí los ojos, aturdida, me moví hacia adelante, miré hacia atrás y vi la espantosa cara de Felipe, con los ojos perdidos, diciéndome algo sin sentido. Una especie de espuma se juntaba en sus comisuras. Le grité que saliera de mi habitación. Estiré el brazo y aplasté su nariz con mi mano; crujió como madera. El tipo corrió velozmente y cerró de golpe mi puerta.

Quedé shockeada. Miré que no hubiera indicios de que intentara hacer algo más. Aún me sentía muy mareada y asqueada. No podía llamar a nadie, era tarde. Tampoco creí que Máx pudiera ayudar.

Medio mareada, abrí levemente la puerta, asomé mi ojo. La luz roja aún consumía los muros y los muebles. De la nada sonó muy fuerte How Deep Is Your Love, de los Bee Gees; se sentía como un golpe muy punzante en la nuca. Estaba muy débil. Recordaba que alguien había tocado la puerta. Pensé: ¿y si entre Máx y Felipe estaban planeando hacerme algo? ¿Habré soñado que Felipe estuvo en mi pieza? Me invadieron muchas preguntas y una psicosis insoportable.

No escuchaba nada, salvo la música; ni murmullos ni voces que dieran indicios de que estaban en la pieza del lado. Desde mi ventana, un ser oscuro me miraba a la altura de la autopista.

 Agaché la cabeza, sudaba, me di unas cachetadas y volví a mirar: ya no estaba. Gateé hasta la puerta de mi pieza, me volví a asomar un poco y un bulto negro similar al de la calle, ahora estaba parado en la cocina. Me sentía dentro de una pesadilla.

Salió Máx de la habitación, vestido con lencería roja de encaje, y detrás Felipe, vestido de terno. Felipe se arrodilló frente a Máximo y le corrió el calzón. No veían la sombra, tampoco a mí. Cerraba los ojos y los volvía a abrir: tal vez estaba dormida. No entendía nada.

Ese algo que no se distingue bien empezó a acercarse poco a poco a ambos, expulsaba olor a azufre. Una neblina espesa brotó sobre los cuerpos y un eco aturdió mi cabeza. Solo quedó la lencería roja de encaje tirada en el piso. Cerré con llave y me metí bajo las sábanas. No me gustan las visitas.

 

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