Mi casa es un manicomio
Mi casa es un manicomio. Puedo recibir visitas en un horario acordado por la persona de turno. Mi casa está acondicionada para aislarme, espero sea cómoda. Debo anotar la hora de llegada y de salida, a dónde salí y con quién salí. En este sitio se me dicta cuál es buena y cuál es mala visita: pulcra, educada, perfumada. Mi casa es un manicomio, donde crecen ansias, pero me insisten con que es el paraíso para cuidar de mis vulnerabilidades. No es grato pasearse con exceso de maquillaje. No puedo llegar tarde. No puedo quedarme hasta tarde en la cama. Acá se controla quién entra y quién sale. Tampoco se permite llorar, escandalosamente o en silencio. Cualquier cosa fuera de lugar, fuera de contexto, es visita obligada del médico. Tendré que volver al trabajo. Rápido. Mi casa es un manicomio acondicionado cinco estrellas. La enfermera lava mi ropa y hace mi cama. Parece que no tengo permitido hacerlo. El doctor, que poco y nada aparece, conversa conmigo dos veces a la semana. Tantea...