A Palé: Apuntes personales sobre el arte de la pelea
Buscando antiguos recuerdos en casa, encontré el billete dorado: entre los casetes de vídeos noventeros que realizaba mi papá con una antigua cámara Sony, descubrí tesoros. La caja contenía un par de VHS con capítulos de Los Titanes del Ring, un clásico programa chileno de lucha libre que estuvo al aire entre 1971 y 1982 —con pausas intermedias producto de la censura que deja una dictadura; para las fuerzas militares, el show deportivo circense era demasiado violento y, peor aún, era de gran gusto para el anterior presidente Salvador Allende—. En el programa, personajes muy cómicos realizaban increíbles piruetas inspiradas en la lucha libre mexicana; la lucha era real, y también el fervor del público. Se transmitía cada domingo al mediodía por televisión, y así decenas de familias chilenas disfrutaban de humor, deporte y drama.
Si bien recuerdo poco del show, destaco su tremenda escenografía barroca, inspirada en pilares europeos; sospecho que eran columnas dóricas. La mezcolanza de participantes era increíble, pero de niña evoco con cariño a mi personaje favorito, apodado La Momia. El realismo de su vestuario era tan genuino como la escenografía: un hombre envuelto en gasas con un horrible pelo alborotado, como recién electrificado, me causaba una enorme ilusión. Yo solía imitar a estos personajes, ya que años más tarde me obsesionaría con Mick Foley y su alter ego, Mankind.
Este temprano interés por la lucha libre surgió en casa. Mi hermano, diez años mayor y en pleno peak adolescente, junto a sus compañeros de colegio, se adentró en ese deporte que también vivió su auge a finales de los noventa e inicios de los dos mil; para entonces, Los Titanes del Ring ya eran viejo cuento. No solo se exportó la cadena de comida rápida McDonald's, también se instaló con fuerza el entretenimiento gringo: la WWE se tomó la televisión chilena, y millones de jóvenes, durante los recreos practicaban sin conocimiento alguno las piruetas más espléndidas y recordadas: la Tombstone Piledriver —o como le decíamos, «el chupa poto»—, la Garra y otras llaves de nombres ya olvidados para esta autora.
Mi primer amor fue Rey Misterio, un hombre bajito y corpulento de nacionalidad mexicano-estadounidense. Ver al enmascarado de labios carnosos provocaba en mí sentimientos incomprendidos para mi corta edad; aquello se traducía en pura admiración y entretenimiento. Hoy me deleito revisando las fotos de aquel rey enmascarado y comprendo lo que entonces sentía. Tuve la dicha de ver lucha libre mexicana en vivo, y el sentimiento infantil se activó al instante: hombres en mallas coloridas, corpulentos y de aspecto feroz, ejecutando piruetas en el aire. Los enmascarados y los exóticos luchadores siguen siendo mis favoritos; emplumados, travestidos y groseros, me traje cuatro máscaras de recuerdo a Chile. Habría gastado todos mis pesos mexicanos en asistir una y otra vez a ese magno evento, donde los gritos, los insultos y la cerveza electrizaban la arena. Debí haber traído más máscaras, quizás de Blue Demon o El Santo, esos héroes retratados una y otra vez por las calles de CDMX.
Para mí, las luchadoras fueron el primer ejemplo de cómo debía verse una mujer ruda. El problema estaba en que no lograba empatizar con las chicas rubias exuberantes de las cuales todos se burlaban; la rubia tonta era un tópico en el programa de televisión gringo. Refunfuñaba, buscando alguna chica con quien identificarme. Hoy, con los años, entiendo que eran personajes y que a la sociedad entera ese tipo de cosas no le parecían ruidosas.
Chyna, para mí, era todo: la bella luchadora darks de melena negra y vestuario fetichista. Dura como una roca, era capaz de entusiasmar a cualquier niña. Nadie se burlaba de Chyna; no era el hazmerreír de los tontos que se mofaban de las chicas rubias. Sin embargo, Chyna vivió reiterados abusos y negligencias infantiles que me hacen pensar en los dolores y dificultades que pesan en la adultez, lo que terminó con su vida a los cuarenta y seis años.
Pienso en las chicas rudas que he conocido en mi vida. He sido golpeada por algunas, amenazada e insultada. Recuerdo a Blanca, una vecina mayor que se burlaba de mis zapatillas doradas de futbolista cuando tan solo tenía once años. Me armé de valor y me burlé de vuelta, resaltándole que su pantalón rojo estaba desteñido; nunca más se apareció por el pasaje. Fue madre a los quince años y sabíamos que sus padres eran drogadictos. Siempre fui muy tímida en ese aspecto; invariablemente perdía, con Blanca fue la excepción. También he sido amiga de muchas de ellas, y así es: el abuso ha estado marcado en sus vidas.
La palabra lucha proviene del griego palé, una modalidad de combate en la que los deportistas se enfrentaban de pie hasta lograr derribar al otro. Rosalía escribió a palé, y pese a la definición que nos entrega Sony, su discográfica —pallets que le recuerdan a Rosi cuando crecía en Baix Llobregat—, le doy otro simbolismo; no por nada en el videoclip viste como una samurái moderna. El arte tiene mucho de lucha, de maniobrar, saltar y esquivar, entrenar a diario y, si bien no estoy a la altura de Rosalía, ni de Chyna, ni de Rey Misterio, no me quedo en las gradas a observar a mi rival, que hoy soy yo misma. Mike Tyson una vez dijo, que todo lo que estudió fue El arte de la guerra, observando a los grandes: Carlomagno, Aquiles, Alejandro y luego Napoleón, y que nació para ser temido y un aniquilador.
Al final, comprendo que toda lucha verdadera es interior. Mike Tyson se preparó para aniquilar enemigos; yo, desde mi silla, libro batallas más silenciosas. No seré recordada como los grandes estrategas que estudió Tyson, pero en mi modesto ring —frente a la página en blanco, la memoria, yo misma— practico mi propia palé: el arte de seguir combatiendo.
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