Apuntes sobre mi cumpleaños
“Estoy segura de que en la cuna mi primer deseo fue el de pertenecer. Por motivos que ahora no importan, de alguna manera debía de estar sintiendo que no pertenecía a nada ni a nadie. Nací por nacer.”
Aprendiendo a vivir, Clarice Lispector.
Soy de las que traen angustias el día de su cumpleaños, y creo que eso nació cuando me rompieron el corazón a los ocho años. Mis padres me pidieron celebrar en el club de campo Las Vizcachas —primero, porque era gratis por el trabajo de mi papá; segundo, porque era muy espacioso, con juegos, quinchos y paseos en moto; y tercero, porque así no tendrían que ir a mi pequeña casa con sus manos grasientas a romperlo todo—.
Solo podía invitar a veinticinco niños de los treinta y cinco que éramos en mi curso. Sin consultarle antes a mis padres, decidí invitar a todos. No soportaba la idea de que la niña más callada del curso no fuera invitada a este gran evento. Evidentemente, me llegó un reto, alteré el orden cósmico del bolsillo de mis padres, no lo pensé. De todas formas, se puso en marcha el evento gracias a la colaboración de mis abuelos y mi tío.
Llegó el gran día. Sonaban Los Prisioneros y 31 minutos gracias a mi hermano, que estaba encargado de la playlist. Poco a poco comenzaron a llegar los niños y niñas. Mi euforia era tremenda: estarían todos mis amiguitos, y los que no, también. Pero yo sería la estrella del día, o eso creí. Pronto esa idea se derrumbó: la mayoría me ignoraba, solo querían correr y jugar por todo el club de campo, que era magnífico.
Corrí dramáticamente al baño, dos de mis mejores amigas corrieron tras de mí, lloré con mucha angustia porque yo no era la protagonista de mi cumpleaños. Mis amigas me abrazaron, intentaron tranquilizarme, llamaron a mi padre para que me contuviera —porque se escapaba del entendimiento de un niño—. Mi papá me dijo que lo pasara bien, que no llorara, que disfrutara, que estaban todos mis amiguitos contentos y que yo sí era la protagonista.
Me sequé las lágrimas y volví a jugar, pero sentí algo que año tras año volvía, un eco, una puntada leve que se instala en el pecho cuando se acerca el cumpleaños.
Cumplo treinta y dos años con el devenir sentimental de algo que se rompió a mis ocho. Nací sintiendo demasiado y entendiendo muy poco. También he querido pertenecer, como decía Clarice Lispector —a quien además me encuentro un parecido físico—. Hoy pertenezco un poco más a mí misma. Por eso escribo.
Siempre fui una niña muy triste, pero ya aprendí a vivir con eso. Aunque no me gusta festejar, me esfuerzo. A veces lo hago por no parecer ingrata. No es que no agradezca lo que tengo; pero mis mejores celebraciones fueron las que no recuerdo.
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