Domingos, abierto


 El viernes por la tarde fui a verlo. Hicimos el amor, se duchó, se perfumó y se afeitó. En toda la semana no se había afeitado, en toda la semana no se había perfumado. Escuchaba reguetón mientras se duchaba. 

Dije que antes habíamos hecho el amor. Al menos para mí fue así. Me vestí, miré lo que quedaba de esmalte en mis uñas, me mordí una, casi no me quedaban uñas, pensé.

Cuántas veces he venido a esta casa, a esta cama. Nuestro acuerdo no verbalizado, al parecer, era estar encerrados. Soy de uso completo mientras él trabaja, descansa, follamos.

Después del sexo, sentí que se me fue todo de un suspiro y no le dije. Me miró a los ojos. Te pasa algo más, me dijo. Se me fue la energía, que a veces siento un vacío, le contesté. Comparó mi vacío con el vacío de los domingos. Sí, le dije yo.

La verdad, estoy empezando a hartarme del secreto, del acuerdo de amistad con algo más.

Así me siento cuando me pagan ochenta mil la hora. La diversión para otro, en cuatro paredes. Me arreglo el maquillaje, me visto y pienso en qué gastaré primero esas ochenta mil. Son cien mil, si hago algo especial. Luego iré por otro, que me pague por dos horas. Yo follo y pienso en esas ochenta lucas, en el olor a billete o en la transferencia bancaria.

Con Sebastián me sentí igual, pero volví con la billetera vacía, con olor a poto y con la espina de la traición de alguien que hace contigo eso que los otros hacen, pero por plata. Me traicioné, otra vez.

Eso ya lo conversamos, me diría. El acuerdo es no quejarse. El acuerdo es que yo sé en lo que me estoy metiendo, el acuerdo es divertirse entre cuatro paredes.

Voy de vuelta a mi casa, sucia. Se me llenó la cara de espinillas. Mastico chicle sabor a fruta para que el olor a pene se vaya de mi boca.

Hice el amor mirando por la ventana, mientras él me penetraba de espaldas, agarraba mi culo con fuerza y bajaba a besarme la cara. Me dijo que estaba muy caliente, que acabaría pronto. Fingí un orgasmo.

Fingí que no me dolía irme sucia y él, limpio, me ofreció su ducha, pero tardaría más tiempo y estaba apurado. Fingí que no me dolía que sus planes fueran solo suyos, que tuviera un lado A y un lado B, como dicen los clientes. Soy la putita de su lado B.

Buscó mi mirada, la evité, yo sé que los ojos se me ponen tristes cuando estoy triste, me delatan. Me miró buscando alguna verdad. Me miró y lo supo, pero ninguno de los dos lo dijo, nos quedamos en silencio, cambiamos el tema.

Lo hicimos, hicimos lo que había que hacer. Comer juntos, reír juntos, pero sin que nadie nos viera.

A mí la vida me ha enseñado a estar bien sola o a estar bien, sola.


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