Apunte sobre el desgaste

 

No digo que haya que acelerar la fealdad, pero tampoco estoy de acuerdo con evitarla.

Tarde o temprano seremos feos, descascarados y malolientes.

Es siniestro ver el miedo al paso: me aterran los ojos desesperados y las sonrisas verticales, estiradas por el miedo a eso que llamamos vejez, la última temporada.

Me miro al espejo y ya sé que el tiempo está pudiendo conmigo: la nariz más grande, los ojos más caídos, la piel más flácida.

¿Acaso debería ser más vanidosa? No puedo con tanto. Es así, y ya está.

Las mujeres que más admiro asumen su fealdad y sus narices monumentales. No es que quiera ser fea; es que es inevitable, y me da pereza ese tópico de belleza editorial.


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