La pregunta sobre la montaña

 



Cargué la maleta desde la Panorámica del Fortín hasta una escalera de cien peldaños junto al auditorio de La Guelaguetza. Yamily me esperaba. Viajé desde Ciudad de México y, según el itinerario, llegaría a las cuatro de la tarde del 2 de noviembre. Ese día conocería a George.

Arrastraba veinte kilos de chucherías y ropa, por unas escaleras que parecían no terminar nunca. Desde lo alto, el horizonte montañoso de Oaxaca deslumbraba con sus nubes temibles y la sierra verde que devoraba casas de techos coloridos.

Golpeé varias veces la puerta; nadie respondió. Me abrió George: delgado, alto, el pelo rubio y alborotado, los colmillos se asomaban en su sonrisa que me pareció atractiva de inmediato. Era inglés, el primero que conocía. Temí no poder comunicarme, pero su español era casi perfecto. Yo, en cambio, soy bruta con los idiomas: me olvido las palabras si no las repito todos los días.

Yamily se había atrasado y le pidió a él que me mostrara el lugar. George llevaba un mes y un poco más viviendo ahí; me contó que estaba en México por una ex pareja mexicana con la que tuvo un final infeliz, no profundizó mucho. Me enseñó la cocina y la terraza, mientras esperábamos a la dueña con las llaves.

Era conversador y curioso. Le intrigaba mi acento, tan distinto al “español” que conocía. Me dijo que sonaba difícil, lo cual me causó gracia: el chileno es una lengua aparte, un cuarto de castellano, otro de mapudungun, dos cuartos de coa y algunas palabras gringas. Una mezcolanza irritable para los hispanohablantes. 

Esperábamos en la terraza a Yamily. George me contó su primera experiencia en el Día de Muertos. Una familia oaxaqueña lo había invitado a cenar. Les contó que era músico y tocó una melodía fúnebre para impresionar. La familia estalló en risas.
—Aprendí que aquí hasta la muerte tiene ritmo, qué chingados —dijo.
Me reí con él. Tenía esa virtud escasa: sabía reírse de sí mismo.

Yamily llegó cargada de bolsas, agitada y parlanchina. Me llevó a mi habitación: cama de dos plazas, baño privado, una vista que cortaba el aliento. Me acomodé y apenas me metí a la ducha, sonó un pitido agudo.
—¡Sal rápido, es la alarma de terremoto! —gritó desde abajo.
Corrí con la toalla cruzada; para un chileno esa alarma es seria. George y Yamily me esperaban afuera. Sentí pudor por estar casi desnuda. Falsa alarma. Nos reímos. Volví al baño.

George, además de guapo y músico, se encargaba del hostal cuando Yamily no estaba. Ella le tenía afecto: más tarde supe que tenía un hijo de su edad, pero George tenía eso que acá llamamos “ángel”: una mezcla de cara celestial y amabilidad inglesa capaz de derretir a cualquier señora latina.

Después del baño bajé. Estaba sentado en la mesita del té junto a una guitarra. Estábamos solos, con tres gatos salvajes corriendo por la terraza. Intenté acercarme a uno, sin éxito. George, en cambio, no quitaba los ojos de mí. Me preguntó mis planes. Le conté que quería ir al Templo de Santo Domingo para la última noche de celebración de muertos. Se ofreció a acompañarme, pero antes tenía algo que hacer.

Caminé hacia el templo. Había multitudes, calacas gigantes, disfraces neón, flores de cempasúchil en cada esquina. Una marea de cuerpos. La belleza era tan intensa que dolía.

Acordamos vernos a las ocho. Me escribió que ya venía en camino. Lo admiré por eso; en Chile la puntualidad es una especie en extinción, algo que me molesta mucho.

Nos encontramos y la atracción fue inmediata. Sonreíamos como dos idiotas. Por el barrio lo conocían como el gringo; sabía dónde estaban los mejores bares. Me llevó a uno cerca del templo. Durante esa época yo no estaba bebiendo. Pedí una cerveza sin alcohol para acompañarlo. Me contó el drama con una australiana “loca por él”. No le creí mucho, pero lo escuché. Antes de verme, tenía que acompañarla al terminal de buses —detalle que, claro, no inspiraba demasiada confianza.

Conversamos, tuvimos ese juego inicial de las primeras citas, donde cada uno finge ser el más correcto, hasta que rápidamente aparecieron las confesiones reales: ambos tomábamos antidepresivos, la misma marca. Nos reímos. Esa complicidad ligera bastó.

Salimos del bar, compramos cervezas —bebí— y nos sentamos en una plaza. Me habló de sus romances, de su soledad y de sus viajes por España y México. Sentí que el alcohol me subía a la cabeza. Para no parecer demasiado intensa, le dije que debía irme a dormir. Se notó decepcionado; creo que deseaba más de mi compañía.

Perdí la visita a Monte Albán. Con menos de seis horas de sueño me vuelvo una psicótica funcional. Bajé a desayunar chilaquiles con salsa roja y café de olla, una combinación que extraño con fuerzas. Recorrí museos y acepté una invitación que me hizo una amiga desde Chile a un tour gastronómico, donde era la única hispanohablante. Me sentí torpe, aunque tampoco me interesaban demasiado los demás ni sus vidas. Degusté el picor, la tortilla y el mole, entre otras delicias oaxaqueñas.

Esa noche en el hostal, George estaba en la terraza con la guitarra. Me senté a su lado, compartimos tabaco. Le conté algo de mi día; él escuchó. Me gustaba. Tocó un par de canciones, torpe y encantador. Subimos a mi cuarto.

Era casi tan delgado como me imaginaba; su bigote rozaba mis labios cuando me besaba y su boca sabía a tabaco. Me tomó con cuidado por los hombros, como no queriendo quebrarme. Fumamos abrazados. George quería ver salir el sol desde el mirador de la Guelaguetza; era lo único que en días no había hecho en la ciudad. Indirectamente, me estaba pidiendo que lo acompañara. Me da pereza madrugar. Quedamos de mantenernos despiertos hasta las seis; faltaban dos horas. No lo logramos. Despertamos con la alarma. Dudamos entre subir o quedarnos acostados.

Nos vestimos y caminamos hacia el cerro. Yo no haría eso por otro; el sueño es sagrado. Pero por él habría hecho más cosas. Desde hace tiempo no coincidía con otro. Me había tomado con delicadeza y su existencia me hacía grato el corazón, aunque fueran unos días. Lo tenía claro hasta ese momento, pero no se me hizo tan claro después.

Tengo una foto de él mirando las montañas desde la Guelaguetza, después de haberme preguntado cuál era mi favorita. Otro podría no haber entendido la pregunta. Le contesté pretenciosa, con gusto, porque en mi lengua no se habla así, con tanta poesía; lo que más preguntan es a qué te dedicas. Lo besé otra vez y pasé mi mano por sus cabellos rubios. El sol daba inicio al día mientras los corredores y trabajadores iban a sus destinos.

Bajamos a las cocinas del mercado. Me dijo que probara las enmoladas; pedí café de olla. Él pidió enchiladas. Bauticé ese lugar como mi cocina favorita de Oaxaca, se llama Fonda “Primavera”. Estuvimos dos días caminando por las avenidas y equilibrábamos con descanso, encerrados en el cuarto. Mi cabello tenía brotes de rulos perfectos ocasionados por la alegría misma. Yamily, la dueña, no tenía idea de lo que sucedía en la habitación número 2. Pero no importaba lo que dijeran la pareja alemana-mexicana ni el paraguayo junto a la francesa; mi inglés no mejoró ni un poco.

Me despedí de George como quien dice “nos vemos después”, en un rato. Sabía que ni yo ni él podríamos volver a coincidir, o tal vez sí. Nunca más lo volví a ver. Lo último que supe fue a cuentagotas: viajó a Colombia y regresó a Londres. Ahora vive en España.

Él me recuerda como la chica de la luz verde; yo, como el vampiro de la habitación 2 que conocí un dos de noviembre. Desde entonces, cada vez que amanece, pienso que el amor tiene la forma del sol cuando todavía no calienta.






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