Ruina: lo humano y lo divino

 Canción para acompañar la lectura: https://www.youtube.com/watch?v=5S3pZ87h-FI

(Este relato estará en constante construcción)

Gustave Courbet: The Happy Lovers


I


La pensión en que vivíamos parecía sobrecargada de vida: las plantas brotaban en los rincones como si respiraran junto a nosotros; la hiedra se extendía por los pasillos y habitaciones, y las monsteras saludaban el paso. El cuarto de L era contiguo al de nosotros. Su habitación era oscuramente cálida, con muros de terciopelo rojo y cortinas frondosas que descendían del techo. La pieza barroca dejaba ver un haz de luz que caía sobre la cama de dos plazas cubierta de seda. Lo abracé con una euforia silenciosa; me apretó contra él. Pasé los dedos por su pelo rizado y se me impregnaron de un olor dulce. Hundió su nariz aguileña en mi cuello, intentando grabar en sí mismo el olor que acababa de nacer entre nosotros; la piel se me erizó. Yo temía oler a persona mayor; nos llevábamos siete años.

Pese a mis treinta y dos años y a diez de celibato, ya había asumido que dedicaría el resto de mis días a Dios y a cuidar a mis padres, sobre todo a mi papá, que estaba notoriamente decaído por una enfermedad relacionada con el hígado. Necesitaba un bastón para caminar, y eso provocaba una irritación constante en su ánimo: no podía mover su cuerpo como antes. Mi madre, indiferente al dolor ajeno, aunque aún joven, estaba cansada del rol de cuidadora. Nos había abandonado en espíritu a mí y a mi padre. Todas las tardes tomaba el sol en la terraza mientras fumaba; por la mañana y la noche salía a caminar. No nos mantenía informados de su ritmo: solo le importaba su propio dolor. No la culpo; si tuviera la elección, tampoco estaría aquí. Pero yo era demasiado vieja para que me pretendieran y, de todas formas, no quería corresponderle a ningún otro, solo a mí misma. No tenía libertad física, pero era lo más lejos que podía llegar: sumergirme en libros que me trasladaran a otros sitios.

Estábamos de paso en la pensión donde conocí a L, pero recuerdo exactamente lo que pensé la primera vez que lo vi leyendo en la terraza. Sus rizos brillaban y caían como serpientes salvajes; pálido como la nieve, con grandes ojos negros y profundos que guardaban misterios de quien contiene un mundo demasiado grande dentro. La nariz aguileña daba una forma hermosa a su rostro. Me pilló mirándolo de lejos; sentí pudor y me escondí detrás de un pilar. Había salido a colgar la ropa mientras mis padres dormían la siesta. L me pidió que me acercara. Recordé que mi corazón solo se lo debía a Dios. Salí seria, indiferente, caminé con la cabeza en alto pidiéndole disculpas. Solo miraba lo que estabas leyendo —mentí—.
L sonrió nervioso, dejó el libro sobre la mesa, se levantó y me tendió la mano. Se la devolví con la misma indiferencia. Al responderle, mis dedos recorrieron los suyos, deslizándose suavemente al soltarse. No nos quitamos la mirada.

Aunque había dejado de interesarme por mi apariencia, aún mantenía mis atractivos de otra época. No me sentí menos frente a él, que sí era realmente joven. Me di vuelta y volví a la habitación compartida con mis padres. Sentía el pulso distinto y el pecho agitado mientras subía las escaleras. Bebí un vaso de agua y me senté a descansar con una leve sonrisa sobre un sofá que daba a mis padres tendidos sobre la cama.


II


Los primeros rayos de luz anunciaban el día. Me levanté a servir a mi padre, que se encontraba de mejor ánimo. Mi madre ya no estaba en la cama; vaya a saber Dios dónde andaba. Mientras acomodaba su cabeza sobre la almohada, vi desde la ventana a L colgando unas sábanas rojas. Vestía un pantalón de tela y una camiseta blanca que dejaba ver sus brazos robustos, iluminados por el sol. Cuando terminó, encendió un tabaco.

Mi padre me notó con la mirada perdida hacia afuera. Miró también por la ventana, comprendió mi ensimismamiento y me tiró bruscamente de la mano. Recalcó que mi deber de hija era quedarme con ellos, sucediera lo que sucediera. Asentí, con la cabeza gacha, y seguí atendiendo sus necesidades de enfermo.

Aproveché la siesta de ambos y bajé a la terraza. El recorrido era inspirador, lleno de vida floral. Muchas de las plantas eran obra de los huéspedes. Llevaba un libro bajo el brazo. Mis padres no sabían leer; les decía que mis lecturas eran sobre Dios, cuando en realidad me hundía en relatos de terror y romance. No quería pensar en L, pero era inevitable: tenía algo de vampiro de las novelas que devoraba por las noches, algo de conde perdido en este pueblo de paso.

Me pregunté qué hacía él allí. La mayoría estábamos de paso. Nosotros íbamos rumbo a la casa de mi tía fallecida, a cuatrocientos kilómetros de nuestro antiguo hogar. Cuando mi padre cayó enfermo, debimos instalarnos en este pueblo mientras avanzara su recuperación. Presentía que quedaba poco para movernos de nuevo, y ese presentimiento se convertía en ansiedad. Deseaba consumar con L y luego liberarme de los pecados confesándolos ante cualquier cura. No tenía interés en sacrificar más mi tiempo hacia otros. Cuando mis padres murieran —y lo pensaba sin culpa— me liberaría de las cargas del cuidado.

L representaba algo carnal, pero también espiritual. Me había obsesionado con su figura primorosa. No quería vivir los romances de mujeres que volcaban la vida al otro, pero deseaba ser tomada por esos brazos y besada por unos labios profundamente misteriosos.

En medio de ese trance, apareció la casera: una anciana bizca, de piel oscura, chismosa como abuela latina pero amable y divertida. Cada vez que la veía tejiendo en el sofá compartido y bebiendo mate, me llamaba diciendo que había asiento y conversación gratis. Pese a su vista, era una tejedora hábil y una mujer práctica para los negocios. Le gustaba hablar sobre la vida de los huéspedes. Era la oportunidad para saber más de L, el chico misterioso de las sábanas rojas.

No tardó en decirme que era un joven pintor viajero. No sabía de dónde venía ni hacia dónde iba. “A los artistas es mejor no intentar comprenderlos”, dijo. “Están todos medio locos. Pero este es un loco de los buenos. Me da buen presentimiento.”

En mi universo, las personas como él eran luciérnagas: seres con dones divinos capaces de construir y destruir la realidad. Algo raro de ver hoy, en medio de guerras e incertidumbres. Aunque yo vivía en una burbuja por mi precaria educación, habíamos sido azotados por el desalojo y la falta de recursos. No había tiempo para construir y destruir mundos. Este nuevo tramo, sin embargo, era más amable: habíamos heredado cierta fortuna de mi tía y su casa. Ella, sin cuna, había forjado bienes, vaya a saber cómo. Ahora nos correspondían por ser los únicos familiares en vida.


III


Mi padre comenzó a hacer caminatas en el jardín y terraza, bebía mate junto a la anciana que también lo invitaba a sentarse junto a ella, pese a ser un hombre impaciente y mal humorado, se entretenía con la mujer, estaba más repuesto y supuse que nos quedarían pocos días en la pensión, mi madre, por otro lado, seguía indiferente y cada día más en su mundo, no había caso con ella. 

Esperé el momento preciso para toparme con L en el pasillo, había estado atenta a sus horarios de salida, lo saludé fingiendo sorpresa. L dio un paso hacia mí. Inclinó la cabeza como si escuchara algo detrás de mis palabras cortas. Supe que había descubierto mi mentira: yo no estaba ahí de casualidad, lo había estado esperando. Él también había esperado ese cruce. Lo vi en la forma en que respiraba, en la tensión nueva de su pecho.

Me preguntó si podía ayudarlo a mover unos atriles y frascos de óleo que tenía en su habitación. Asentí sin pensar; descubrí que la obediencia ha sido mi vicio. Entré detrás de él. Cerró la puerta con un gesto suave, casi ceremonioso. Un rayo de luz cortaba la penumbra y supe que no habría retorno. No me tomó de inmediato: me miró. Esa mirada larga se sostuvo como si estuviera dibujando en secreto mi cuerpo, analizando mis años perdidos y mis culpas. Sentí que todo lo que había retenido por una década buscaba una salida, y que ese hombre era la grieta perfecta.

Cuando extendió la mano hacia mi cuello, no retrocedí. El peso de mi propio deseo me empujó hacia él. 

El mundo se cerró alrededor nuestro con una facilidad obscena.

Una vez entre sus brazos, comenzó a besar mi pecho desnudo. Sus manos pálidas y gruesas rodearon mi cuello hasta llegar a mi cara; apretó mis labios con cuidado y me besó hondo, dejando un hilo de saliva que me ardió sobre la boca. Me aferré a sus brazos y a su espalda. Me besaba con la violencia exacta para asumir que había un Dios mirándolo todo.

Erguí la espalda; levantó mis faldas y lamió mi entrepierna. Miré al cielo sin pudor, con el rostro en llamas, Me tomó de la cadera y me arrastró hacia abajo. Se tocó apenas y humedeció su miembro; le pedí que fuera despacio, no recordaba el peso ni el fuego de ser abierta. Era más grueso de lo que imaginé. Entró con lentitud, capa por capa, abriendo camino hasta el fondo. Avanzaba y retrocedía con ese ritmo contenido que obligaba al cuerpo a rendirse. Me apretaba los muslos y jadeaba. Intenté taparle la boca —y la mía—; los muros delgados acusaban cualquier sonido, había que ser cuidadosos.

En esa posición, su piel rozaba mi clítoris; empecé a arquearme, las carnes chocaban a un ritmo tan lento y profundo que sentí una bendición oscura caer sobre mí. Acabó en mi vientre, yo encima de él. El líquido espeso y tibio me sobresaltó.

Recogí la ropa con torpeza. Me vestí como pude, acomodé mi pelo y salí casi corriendo hacia la terraza. Volvió a invadirme esa agitación primordial de la primera vez que lo vi. Me escondí entre las sábanas tendidas; jadeaba entre risa y llanto, tapándome la boca. Miré al cielo y deseé un castigo. No podría volver a mirar a mi padre a la cara: había pecado bajo el mismo techo que compartíamos.

IV

Volví a concentrarme en el cuidado de mi padre, y eso aceleró su mejoría pese a sus molestias crónicas. La noticia llegó a la casera, quien nos preparó un delicioso kuchen antes de partir a la casa de mi difunta tía; la mujer, hasta el último momento, demostró dulzura. No volví a buscar a L; mi indiferencia hacia el romance seguía imperturbable, aunque sentía la llama viva por saber más sobre él. Pero cada vez que tenía un momento a solas, me autosatisfacía pensando en nuestro encuentro violento y febril, que abrió paso a una investigación más honda de mi misterioso interior.

Supe que ya no podía ofrecer mi espíritu al cuidado del otro. Decidí, junto a Dios, que dejaría a mis padres en la casa y emprendería mi propio viaje, bendecida por haber abierto una puerta más grande. Todas estas decisiones las tomé a espaldas de mi padre, que probablemente sufriría, pero ya no quería cargar con el dolor de otro, aunque fuera él. Había descubierto algo inmenso y animal dentro de mí, y ya nada podría cerrarlo.







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