Casa no es hogar






Todos los domingos Andrea iba a casa de sus abuelos. María, su madre, exigía a sus hijos que fueran agradecidos con Dios porque los viejos aún estaban vivos; además, consideraba indispensable cumplir el ritual semanal de visitarlos. Nadie podía salirse con la suya ni hacer otro plan. Si alguien lo hacía, debía cancelar de inmediato y pedir disculpas.

Apenas se subía al auto, Andrea sentía un miedo inconmensurable. Era la única que no podía zafar de aquellas situaciones: su hermano y su padre a veces tenían excusas realmente convincentes para faltar —el primero estudiaba y el segundo trabajaba—, pero Andrea tenía diez años y no había forma de librarse.

El camino duraba treinta minutos, y en ese lapso intentaba mentalizarse, cerrar los ojos y evitar pensar en su malestar emocional. De todos modos terminaba irritándose. Sus padres se gritaban por banalidades que no iban al caso, como había sido siempre la relación de ambos. Cuando bajaba del auto para saludar a sus abuelos y a su tío, la cara de rabia le pesaba. La familia se burlaba de su expresión; no entendían cómo una niña podía cargar una emoción tan adulta. A sus ojos, era una malagradecida.

Los abuelos estaban a punto de entrar en una edad senil, y su tío —que, pese a todo, era muy querido— se emborrachaba como reloj cada domingo. El abandono afectivo se intensificaba justamente ese día. Andrea llevaba un cronograma mental de lo que ocurría: primero iban a la feria; ahí ella pedía galletas y frutas de temporada. Luego almorzaban cazuela con empanadas de pino. Nunca le gustó el tuto de pollo, pero tenía que comerlo igual o le llegaba un reto. Más tarde veían la televisión en el living, generalmente programación gringa, como El comisario Rex. Y, cuando caía la noche, comenzaba el horror. Con el tiempo, Andrea fue creando una red protectora de evasión, poderosa pero insuficiente, que la convirtió en una adolescente demasiado irritable para su entorno.

Como en casi todas las familias, había un borracho y alguien con problemas emocionales; en la suya, una sola persona reunía ambos roles. Perdiera o ganara el Colo-Colo, siempre había motivo para el sobresalto: tanto la celebración como la derrota eran excusas perfectas para beber a destajo.

Entre el viernes y el sábado previos a la visita, Andrea se comía las uñas o se tiraba el cabello mientras jugaba; incluso llegó a morderse las encías. No era consciente del daño hasta que, un día en la escuela, una amiga le dijo que tenía un agujero en la cabeza: una pequeña calva. Más tarde llegarían los tics nerviosos que todos notarían, pero sobre todo ella, que empezaría a temer estar en público por miedo a que los demás fueran conscientes de su nerviosismo.

En la casa vecina vivían aquellos a quienes Andrea llamaba los tíos y las tías: una familia numerosa, también llena de niños, vecinos presentes desde siempre, amigos de la villa. Andrea recordaba jugar con cabezas de pescado y barro a la cocinita; también se subían al auto de Don Pedro, robaban las llaves mientras los adultos yacían borrachos en el patio y volvían al vehículo para jugar a conducir. Un día lo pusieron en marcha y chocaron contra el portón. Andrea tuvo que arrancar y esconderse en la casa de sus abuelos. A los otros niños los golpeaban cuando hacían alguna travesura: siempre tarde, siempre a gritos, siempre medio drogados, porque los adultos también consumían yerba y cocaína. Andrea no sabía esas cosas; solo veía las tranzas. A veces se quedaba allí hasta que su tío caía borracho de una silla. Entre dos de los niños más grandes tenían que llevarlo a casa; Andrea iba con ellos, molesta y avergonzada.

Ya en la casa de los abuelos y del tío, durante la noche, María, su madre, lo molía a palos. El hombre era temible consigo mismo: se aturdía y a veces desenfundaba su antigua arma para ponérsela en la sien. Asustaba a toda la familia. Andrea tenía que presenciar aquella escena con más frecuencia de la que habría querido; en realidad, nunca habría querido verla. Pero a nadie le importaba lo que sintiera la niña: los problemas de los adultos eran más importantes. Todos gritaban, preguntándole al tío cómo se le ocurría hacer eso frente a ellos, pero nunca lo conversaban cuando estaba sobrio. Le quitaban el arma con miedo; podía hacerlo el papá de Andrea, su hermano o su madre. Una vez Andrea tuvo que acercarse, porque la familia ya no podía más con el repertorio del hombre. Cargaba, además, con el peso de querer mucho a ese tío.

De vuelta a casa, el corazón de la niña no era el mismo que había logrado reconstruir durante la semana. No miraba el camino. Sus ojos, profundos y perdidos, estaban llenos de preguntas. Llegaba y agradecía estar en casa; agradecía que al día siguiente hubiera colegio; agradecía ver a sus amigas y poder recomponerse, hasta el próximo domingo.




 

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