Fracturas
Miraba la espuma de las olas que chocaban contra las rocas de la costa. La sustancia blanca, como leche, le recordaba que después iría por un café. El mar, álgido y violento, se azotaba a sí mismo, elevándose hacia los cielos para terminar suavemente en la orilla, tiñendo de negro la arena. Una neblina cubría las casas aledañas; sus manos y su cara se humedecían con la brisa que emanaba del cielo.
Esa mañana, no tan temprano, se sentó sobre la cama con el cuerpo pesado, dolor en el cuello y el pelo grasoso; no se lo lavaba desde hacía un par de días. En el último tiempo, su cara había brotado de granos; le dolía lavar su rostro, pero tenía que hacerlo por orden del dermatólogo. Siempre vivió con ese tipo de problemas acnéicos que la afeaban. Pensaba, con un poco de pena, que sería otro día más y probablemente tendría que realizar las compras con esa cara enferma.
Su marido trabajaba desde su oficina. Con el café en mano, se reía en medio de una reunión por Zoom junto a otros compañeros igual de dicharacheros que él.
Andrea se sentó a orinar y notó que la cerámica estaba sucia. Era muy cuidadosa con la limpieza, pero los pelos de las gatas y los de ambos se esparcían cada día por el piso, restándole lo impoluto: tanto trabajo para nada. A pesar de que amaba a sus gatas, no le gustaba tener que pasar la aspiradora a diario. Una mancha al borde del muro le recordaba que debía revisar entre el piso y la madera, porque no era normal esa suciedad terrosa. Todos los días volvía a aparecer: por más que se esforzara en quitarla, algo caía de no sabía dónde y ensuciaba otra vez.
Caminó hacia la cocina. Olía a café hecho; parecía de ayer, recalentado. No tenía apetito, de todas formas, le preguntó a su marido si había desayunado. Respondió que no, pero que había pan. Andrea sentía dolor de espalda. Además de dormir mal, pronto iba a menstruar y, desde que se realizó un aborto hace varios años, su ciclo nunca volvió a ser el mismo: padecía de dolores crónicos. Una noche, él le pidió que se quejara menos. Cocinó huevos revueltos para su marido y ella comió un plátano.
Se preguntaba si alguna vez volvería a recibir el desayuno en la cama, como en aquellos tiempos cuando recién empezaron a salir. Apenas llevaban tres años juntos. Después pensó en su madre, casada con un hombre que nunca la mimó como ella hubiese deseado. Ese hombre era su padre: no era cruel, pero tampoco bueno. Si bien no le pegaba, la había engañado reiteradas veces y estaba lejos de ser atento con ella. A pesar de todo, insistía en pensar que no era mal hombre. Recordó que debía limpiar el arenero de las gatas y darles de comer; de hecho, ellas mismas le recordaron su tarea diaria, maullando entre sus piernas mientras esperaban su porción.
Alimentó a todos en casa. Cada día era lo mismo, volvió a recordar que no tenía trabajo, y eso le provocaba mucha tristeza: sentía que se había dormido en los laureles. Sus pares ya eran profesionales y tenían años de experiencia acumulados que les brindaban mejores puestos. Al menos, eso se veía en LinkedIn. Sus intentos de entrevistas y de dejar currículums se acumulaban como fracasos en la mesita de noche. Tampoco contaba con muchas opciones en la ciudad donde estaba viviendo: los negocios eran atendidos por sus propios dueños y no estaban contratando. En esa misma mesita guardaba su diario, ahí, escondía lo que no podía decir por miedo. También ese terror a sí misma, disfrazado bajo su torpe delineado y los labios mal pintados.
Cargaba años de autocompasión y miseria. Sus padres la querían, más aún no lograban entenderla del todo. Fueron quienes más tiempo habían pasado con ella, la ayudaron aquella vez que hubo que internarla. Sufrieron bastante. Nadie enseña a ser padres: rezaban por no verla sufrir, fue en vano. Las miserias que pesaban sobre Andrea, en gran parte, se las había buscado sola, y era consciente de que el mundo no castiga ni premia a todos de la misma manera.
Era una mujer cansada, que callaba las cosas por miedo a ser juzgada. Prefería sonreír y asentir. Le parecía cruel que las personas a su alrededor fueran tan juiciosas y directas; le incomodaba que ellas pudieran ser lo que ella no era. Su diario atrapaba sus palabras.
Hacía unos meses habían llegado a vivir a la costa. Lo que fue un sueño terminó convirtiéndose en una sentencia que le recordaba a diario lo mala esposa que era. Su marido tampoco quería hijos con ella. Pensaba que se había casado con una mujer bruta y perezosa, que solo se dedicaba a limpiar la casa; eso no pagaba las cuentas ni el pan.
Andrea tenía la fascinación de repetir una y otra vez la misma canción que le gustaba mientras limpiaba. Eso molestaba a su marido; a cualquiera aburriría escuchar Bella sin alma como un loop. Pero pensaba en Riccardo Cocciante, a quien una vez le preguntaron si le fastidiaba cantarla tantas veces y respondió que no. Quizás lo dijo solo para agradar a sus fans.
Sabía que llevaría para siempre ese sentimiento oculto que le permitía convivir: no sentirse suficiente. Temía mirar las redes sociales y verse quebrada frente al espejo. Había perdido el hábito de leer, de levantarse temprano, de ejercitarse y de pintar. Su pellejo se arrastraba por los pasillos buscando alguna mancha que quitar; eso le daba una sensación de control.
Su madre le había recomendado caminar todas las mañanas por la playa y le prometió que cambiaría su día poco a poco. Pero a Andrea no le hacía gracia: vestirse para salir le costaba demasiado. Solo iba por las compras. Aun así, se dio la palabra de hacerlo esa tarde; pasara lo que pasara, se abrigaría y bajaría a la costa.
Su marido ya no le prestaba mucha atención. Intentaba consentirla con comida para que no lo molestara y prefería quedarse en su oficina hasta entrada la noche, evitando conversar con ella. Las noches que se iban juntos a la cama, a Andrea le daban ganas de hablarle sobre su día, de preguntarle cómo iba su vida. Incluso, a veces, buscaba abrazarlo o sentir una caricia. Él estaba demasiado ocupado con sus hobbies o lecturas nocturnas. Algunas semanas sí lo hacía, pero no podía mantener el ritmo de la mujer. Le cansaba que Andrea hiciera tanto “quilombo” por olvidar una fecha o por no querer viajar con ella. Él era brutalmente honesto: le repetía que lo que tenían era más que suficiente, que no soñara con otra vida amorosa. El romance ya lo habían vivido, lo justo.
Andrea lo entendía, pero habría querido más conversación e intimidad. De hecho, eso fue lo que la enamoró: su marido era divertido y entrador con otras personas, atento y buen anfitrión. Se preocupaba por toda su familia a diario, quería el mayor bienestar para todos. Pese a que ya era parte del núcleo, no la consideraba como tal. Era demasiado bruta para él. Lamentaba haberse comprometido con una mujer tan impulsiva y depresiva. No la recordaba así al inicio. Había decidido ignorarla poco a poco, esperando que ella misma se alejara. No parecía tener otro romance, tampoco se cerraba a conocer a alguien más: no todas las mujeres podían “romperle las pelotas” como Andrea, pensaba él.
La mujer, después de preparar el desayuno y vestirse, salió al patio. Arrastró su gran cuerpo para regar las plantas. Qué lindas estaban creciendo. Acercó la mano a la lavanda para saludarla. Cuando la plantó, había tardado mucho en agarrar forma y crecer; era un logro verla tan frondosa. A su lado, el papayo del vecino comenzaba a secarse. Le apenaba esa situación. Ella, en cambio, ni siquiera podía arrancar la maleza: creía que era hogar de insectos, y qué culpa tenían ellos de existir. Caminaba con cuidado para no pisar a los caracoles.
Algo feroz crecía en silencio. Quiso ignorarlo días atrás, aunque escribía sobre ello en su diario y luego no le daba importancia: era pura verborrea. Sabía que no tendría hijos ni sería rica, tampoco que viajaría por el mundo o que algún día le regalarían rosas. Andrea estaba hecha para pasar más tiempo en la cama que en la calle; para durar poco en los trabajos; para tener, al menos, dos recaídas al año; y, en algún momento, para terminar con su vida antes de que la vida terminara con ella. Ya lo había intentado dos veces. Alguna vez conversaron eso con su marido: él le insistió en que eran cosas de su cabeza, nada grave, que todos podían salir adelante.
Miraba la lavanda y se alegraba de verla sana y fuerte. Miraba a sus gatas engordar y le aliviaba que no pasaran frío. Su corazón se enaltecía con esos otros seres que no la juzgaban y que se mantenían sanos gracias a sus cuidados. Con su marido era distinto: ya había entendido que él no la aguantaba. Eso, al principio, la enfureció; pero, con los días, esa rabia se transformó en tristeza.
Era muy sonsa e ilusa como para defenderse. Se le atascaban las palabras. Además, era disléxica; carecía de elocuencia, y también de poder de persuasión. A su marido, en cambio, le sobraban ambas cosas. En las discusiones no era capaz de articular ideas: le aterraba hacer preguntas, porque si se equivocaba arruinaba el sentido completo de la conversación. Por eso ensayaba antes, sin éxito. No era que nadie lograra entenderla, sino que estaba demasiado rota como para construir con coherencia. Peleaban por su falta de lenguaje; él la acusaba de acusarlo a él. Ponía palabras en su boca porque era más fácil suplir esos vacíos que Andrea no podía pronunciar ni explicar.
Después de regar las plantas, se armó de valor y bajó a la playa. Hacía un frío feroz. Caminó por la orilla, justamente como le había dicho su madre, que en esos últimos días estuvo comunicándose con ella. Percibía que su hija nuevamente estaba extraña y distante, igual que aquella vez. Le recomendaba que tomara aire y hablara con gente. El mar permanecía furioso, como de costumbre, pero lo bonito era que tenía ese desierto de arena para ella sola.
¿Cómo podía un lugar tan hermoso ser tan ruidoso y, a la vez, tan relajante? Ella no lo era: solo era ruido, y se lo recordaban a diario su marido, su familia y su pasado. Había crecido con la idea de que ser ruidosa estaba mal, pero no había caso contra la genética que destacaba a su madre.
Se imaginaba flotando en el mar, dejándose llevar por la corriente que todo arrastra. Tal vez, si se dejaba arrastrar, llegaría a otro país y podría comenzar desde cero: un trabajo perfecto, un marido perfecto, hijos perfectos, un hogar acogedor que la abrigara todas las noches. Cerró los ojos y pensó en eso. Ya muchas veces había intentado desde cero; quizás eso la haría feliz, ahora sí que sí.
Volvió por la orilla y pasó por un café. Le quedaban algunos pesos en la cuenta y quiso hacerse un regalo por haberse levantado. Sentía que era un logro. Compró un latte y lo bebió de camino a casa. Todo comenzaba a florecer. La primavera se acercaba y las flores silvestres lo recordaban. Qué preciosidad tenía la costa chilena: su clima favorecía el embellecimiento natural de las calles; el aire emanaba un aroma único pese a los abruptos cambios de la zona.
Llegó a casa y sus gatas la recibieron. También su marido. Le preguntó cómo le había ido. Después de todo, no era un mal hombre; simplemente ya no quería estar en ese lugar, con ella así, en ese estado. Deseaba vivir solo. Le gustaba cuando sonreía y no le hacía preguntas necias que lo irritaban, menos verla quejumbrosa.
Para Andrea, la vida se teñía de blanco o de negro. Lo que crecía en ella eran las ganas de ausencia. Había terminado sus estudios, se instaló a vivir en una hermosa ciudad, y nada lograba contentarla, porque ya estaba quebrada desde mucho antes. Para su marido era fundamental que sonriera, que saliera adelante sola, como lo había hecho él tan bien hasta ahora. No quería convivir con su compañía insufrible.
Estaba consciente de que hostigaba a su marido con preguntas tontas, tenía la esperanza de que algún día él empezara a contestarle con gracia y paciencia, como lo hacían sus amigas. Era de pocas amistades, pero lo que les sobraba era paciencia con la pobre mujer, que repetía una y otra vez bobadas. Pensaba que tantos golpes en la cabeza la habían dejado así: tonta. Golpes accidentales, y también otros que ella misma se había provocado cuando el dolor interno era demasiado intenso.
A la mañana siguiente, su marido la saludó con un beso en la mejilla. Después de preparar el desayuno y lavar su fea cara, se vistió y volvió a la playa. Esta vez llevó su diario, una cámara y un termo con café. Pasó horas escribiendo en el cuaderno: garabatos, poemas, cartas inconclusas a sus gatas, a su madre y a su marido. Era como si algo se hubiera apoderado de ella. La lucidez le pegó de repente y tenía mucho que decir a través de su diario.
Terminó el café y, con la misma claridad que había tenido desde un principio, prendió la cámara y les dedicó unas palabras a sus gatas, que tanto la habían apoyado este último tiempo. Sabía que nunca podrían ver el video, pero se sentía aliviada por esa conversación consigo misma. Luego montó la cámara sobre su bolso, encuadró el plano y caminó por delante del lente. Hacía señas con las manos y decía algo inaudible, producto del viento costero. Andrea quería dejar registro.
Esa mañana, de nuevo la neblina difuminaba toda la costa. Le gustaba esa sensación fantasmagórica que dejaba en el horizonte. El agua siempre había sido muy helada en el Pacífico Sur, pero ahora calaba los huesos. Eso no le impidió que, poco a poco, comenzara a entrar. Caminó desde la orilla hasta que el agua le cubrió la cintura. Las olas la agarraban con fuerza y la arrastraban mar adentro; su cuerpo bailaba con la corriente.
El ruido ensordecedor de la violencia oceánica le recordaba que ella se sentía tan violenta como el mar. Pidió disculpas por dejarse llevar. Sonreía plenamente, pero lamentaba no volver apreciar las hermosas caritas de sus queridas gatas. Las lágrimas cayeron por sus mejillas. Confiaba en que sus sueños se cumplirían.
Norberta Espina
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