Apunte sobre algo que no se terminará nunca

 


Esty Quesada, en un episodio de su podcast Club de Fans de Shrek, dice algo así como: “No me merece la pena vivir y nunca me va a merecer la pena. Siempre voy a llevar esta tristeza conmigo, pase lo que pase, y con los años irá a peor; lo noto, los años me lo han demostrado.”

Lo dice con humor sarcástico, hablando de su depresión y de cómo convive con ella. Y me hace pensar en mí misma, abrazada a un oso de peluche a mis treinta y pico —en realidad no es un oso, es una almohada esponjosa y suave con aroma a suavizante—. La vida se pasa así: cuando creíamos que todo sería una etapa, porque aún no habíamos vivido lo suficiente como para contar historias o quemar puentes, te pega un golpe en la cara. Y ese sentimiento muta en algo más sólido, más pesado, algo de lo que no todo el mundo habla —o de lo que solo se ríe—.

¿Acaso nos queda únicamente reírnos de la inmensidad de emociones que creíamos que terminarían en la adolescencia? Cito a La Pringada: pregunto.

Habrá quienes se ocupan todo el día para no tener tiempo de preguntarse de qué va la vida. Quizás sus viajes, sus agendas llenas y sus intentos de rellenar vacíos logren distraer el deseo de dejar de encarnar un cuerpo que a veces se siente prestado.

Pienso en Isabelle Huppert en La pianiste (The Piano Teacher), una mujer virtuosa con el piano que vive contenida en sus emociones. La misma contención que un chico, una noche en una azotea, me atribuyó a mí. Ella no sabe cómo habitar su propio cuerpo y termina volcándose en la autolesión. Algo similar ocurre con Lee Holloway en Secretary.

Porque da igual a qué te dediques, cuántos años tengas o cuánta gente te admire o te rodee. Hay algo que te acompaña durante más tiempo del que quisieras. Y no saber relacionarte con esa cosa que la psicología new age llama “la herida” puede convertirse en un gastadero de energía permanente para quienes vivimos con depresión.

El podcast termina de una manera más amable con el propio padecimiento, dicho por alguien que lo padece. Y entonces pienso: joder, qué bonito es pensar. Qué bonito es sentirlo todo. En este cuerpo prestado, sentirlo todo es lo más honesto que tenemos. Y tal vez vinimos precisamente a eso: a comprobar que ni el amor nos exime del dolor.


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