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Mostrando las entradas de noviembre, 2025

Ruina: lo humano y lo divino

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 Canción para acompañar la lectura: https://www.youtube.com/watch?v=5S3pZ87h-FI (Este relato estará en constante construcción) Gustave Courbet: The Happy Lovers I La pensión en que vivíamos parecía sobrecargada de vida: las plantas brotaban en los rincones como si respiraran junto a nosotros; la hiedra se extendía por los pasillos y habitaciones, y las monsteras saludaban el paso. El cuarto de L era contiguo al de nosotros. Su habitación era oscuramente cálida, con muros de terciopelo rojo y cortinas frondosas que descendían del techo. La pieza barroca dejaba ver un haz de luz que caía sobre la cama de dos plazas cubierta de seda. Lo abracé con una euforia silenciosa; me apretó contra él. Pasé los dedos por su pelo rizado y se me impregnaron de un olor dulce. Hundió su nariz aguileña en mi cuello, intentando grabar en sí mismo el olor que acababa de nacer entre nosotros; la piel se me erizó. Yo temía oler a persona mayor; nos llevábamos siete años. Pese a mis treinta y dos año...

Apunte sobre la inutilidad del talento

Me regalaron un teclado y me di cuenta de inmediato de que no tenía oído. Después, unos óleos; tardé quince años en entender algo de técnica. Escribí mis primeros poemas a los doce años: cosas sobre animales, la guerra y el paso del tiempo. Ya me preocupaba el tiempo a los doce, y eran malos escritos. No soy tan buena en nada, y asumirlo enfurece a mis amigxs. Lo que pasa es que nunca tuve vergüenza. Nací entendiendo que somos poco, que a mí no me importa lo que hagas tú, y que, al ser una niña triste, podía hacer cosas con mis manos y mi cabeza: lo único que siempre estuvo a mi alcance, para reírme un poco.  

Apunte sobre el desgaste

  No digo que haya que acelerar la fealdad, pero tampoco estoy de acuerdo con evitarla. Tarde o temprano seremos feos, descascarados y malolientes. Es siniestro ver el miedo al paso: me aterran los ojos desesperados y las sonrisas verticales, estiradas por el miedo a eso que llamamos vejez, la última temporada. Me miro al espejo y ya sé que el tiempo está pudiendo conmigo: la nariz más grande, los ojos más caídos, la piel más flácida. ¿Acaso debería ser más vanidosa? No puedo con tanto. Es así, y ya está. Las mujeres que más admiro asumen su fealdad y sus narices monumentales. No es que quiera ser fea; es que es inevitable, y me da pereza ese tópico de belleza editorial.

Apunte sobre la indecencia

  Te pedí un regalo; de seguro te olvidarás. Yo no lo olvidé ese día en el museo de la Revolución. Ya no hablábamos —nunca hablamos tanto—, pero no me olvidé de llevarte una chuchería que podría gustarte. Incluso cuando intento pensar en mí, apareces, inoportuno. Te habré visto dos veces, tal vez tres. A mi amiga no le caía muy bien la idea de que me gustaras tanto. ¿Acaso te acuerdas cuando yo, con culpa, te incité a engañar a tu mujer frente a todos tus amigos? Me sentí una tonta por eso, pero también por quererte. Cuando nos presentaron, pensé en lo bien que encajaríamos cruzados: yo encima de ti, pero también dentro. No puedo extrañar nada, porque nada hubo nunca.

La pregunta sobre la montaña

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  Cargué la maleta desde la Panorámica del Fortín hasta una escalera de cien peldaños junto al auditorio de La Guelaguetza. Yamily me esperaba. Viajé desde Ciudad de México y, según el itinerario, llegaría a las cuatro de la tarde del 2 de noviembre. Ese día conocería a George. Arrastraba veinte kilos de chucherías y ropa, por unas escaleras que parecían no terminar nunca. Desde lo alto, el horizonte montañoso de Oaxaca deslumbraba con sus nubes temibles y la sierra verde que devoraba casas de techos coloridos. Golpeé varias veces la puerta; nadie respondió. Me abrió George: delgado, alto, el pelo rubio y alborotado, los colmillos se asomaban en su sonrisa que me pareció atractiva de inmediato. Era inglés, el primero que conocía. Temí no poder comunicarme, pero su español era casi perfecto. Yo, en cambio, soy bruta con los idiomas: me olvido las palabras si no las repito todos los días. Yamily se había atrasado y le pidió a él que me mostrara el lugar. George llevaba un mes y un po...