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A Palé: Apuntes personales sobre el arte de la pelea

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  Buscando antiguos recuerdos en casa, encontré el billete dorado: entre los casetes de vídeos noventeros que realizaba mi papá con una antigua cámara Sony, descubrí tesoros. La caja contenía un par de VHS con capítulos de Los Titanes del Ring , un clásico programa chileno de lucha libre que estuvo al aire entre 1971 y 1982 —con pausas intermedias producto de la censura que deja una dictadura; para las fuerzas militares, el show deportivo circense era demasiado violento y, peor aún, era de gran gusto para el anterior presidente Salvador Allende—. En el programa, personajes muy cómicos realizaban increíbles piruetas inspiradas en la lucha libre mexicana; la lucha era real, y también el fervor del público. Se transmitía cada domingo al mediodía por televisión, y así decenas de familias chilenas disfrutaban de humor, deporte y drama. Si bien recuerdo poco del show, destaco su tremenda escenografía barroca, inspirada en pilares europeos; sospecho que eran columnas dóricas. La mezcolanz...

Entre Annie Ernaux, Nola Rice y Lana del Rey: la mujer que espera

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  (En el siguiente ensayo encontrarás spoilers de la película Match Point , no nos cae bien Woody Allen, pero nos interesa el personaje de Nola Rice) Nunca sabré cuántas veces he sido the other woman , aquella figura que Jessie Mae Robinson escribió y que interpretaron Nina Simone, Lana del Rey y Jeff Buckley. Sí recuerdo, en cambio, haber habitado la piel de Annie Ernaux en Pura pasión .Y confieso que Nola Rice, la actriz fallida de Match Point , es una de mis pesadillas, porque encarna lo peligroso que puede comprometer una aventura. Una vez, una amiga me dijo que los hombres, para nosotras, son como el opio: crean una adicción que se disfraza de necesidad, el deseo obsesivo —una enseñanza que recibimos desde pequeñas—. En este ensayo me refiero a los hombres porque, hasta el momento, no he tenido romances punzantes con mujeres; estoy en deuda con esos placeres. Hay un problema con el deseo obsesivo —son varios, en realidad—: principalmente, el peligro de saltar al vacío aun sab...

Transitando el declive

  Llevaba días sin dormir. Trataba de hacer tantas cosas durante el día para que no me diera tiempo de pensar. Algunas noches, unos pequeños diablos bailarines y burlones me susurraban barbaridades. No podía dormir y, cuando lograba hacerlo, algo se sentaba sobre mi pecho; un ruido ensordecedor golpeaba mis oídos y me despertaba. Cada noche temía enfrentarme a las pesadillas. Aparentemente, nadie más lo notaba, nadie veía mi sucesivo deterioro, ni siquiera Máximo, mi roomie , con quien en algún momento fuimos muy amigos, pero hoy por hoy nos separaban diferencias. Se acercó a mi puerta: —Mañana viene un amigo a quedarse, de Rancagua; nos conocemos de muy chicos y estoy seguro de que te caerá súper bien, es hetero de esos que a ti te gustan. —Ya —dije con indiferencia—. Me imagino que va a dormir contigo, así que ningún problema. La casa era muy chica para ser tres. A la tarde siguiente, compramos dos botellones de vino, un par de cosas para comer y Máx estaba guardando hong...

Todo lo que me dolía era mío

Crucé Toesca a toda velocidad, deseando ser estrellada por los ángeles. No miré hacia los costados. El sudor me corría por la espalda mientras pedaleaba. En la mochila llevaba objetos de utilería, ropa interior y el maldito test.  Golpeé la puerta de lata, toqué varias veces. Me abrió Juan. Estaba fumando marihuana y pasando la escoba. Preparaba el estudio. Me abalancé sobre él y lo abracé con fuerza, a la altura de su cadera. Olía a sobaco. Mis manos y piernas temblaban.  Fui directo al baño a secarme el sudor. Me miré al espejo: estaba hecha un Cristo. No recordaba la última vez que dormí bien. Hacía dos meses me habían diagnosticado trastorno límite de la personalidad. Dormir seis horas era sagrado; si no, venían los temidos episodios psicóticos. Pese a que no quise medicarme, tomaba dos pastillas de quetiapina por las noches, recetadas por el psiquiatra del GES. No hacían efecto. Así que esa semana empezaba a sentir las trampas mentales del mal dormir. Mi corazón aún latía ráp...

La luchadora

  Camila siempre me llamó la atención. Desde que estudiamos juntas en el instituto, hasta después de que se retiró de la carrera, yo seguía mirando sus publicaciones en Facebook de manera ocasional. La encontraba una mujer espectacular: demasiado alta para el promedio, se vestía bien, era como una muñeca Bratz. Además, por las cosas que compartía, tenía buen gusto: le gustaban las películas de terror, el cine clásico y la música oscura. Siempre sentí que era una mujer mujer, y solo teníamos veinte años en esa época. Estuvo presente el día en que me titulé. Hicimos una fiesta junto a unos compañeros y ahí estaba ella; alguien la había invitado. No me atreví a hablarle en ningún momento de la noche. En esa época me volvía loca bebiendo: terminaba dando más pena que ganas de conversar conmigo. Descubrí que realmente estaba obsesionada con ella, con su manera de hablar y de gesticular, todo lo hacía con gracia. Nunca más supe de su existencia; creo que cambió de perfil. Pasaron...

En la punta de la lengua

(este texto fue escrito el verano del 2024, reeditado el 15 de Septiembre del 2025) Quedamos de juntarnos en la estación de metro Cementerios. Recorría por primera vez los patios del Cementerio Católico, en lo que también fue la primera salida oficial que compartimos con Bruno. Generalmente, nos juntábamos a beber cerveza y a fumar, o nos encontrábamos en eventos de arte donde también bebíamos y repetíamos lo de siempre. La propuesta de cementerios la hizo él; para mí estaba bien. Sinceramente, ya me había cansado de invitarlo a lugares: no volvería a perder mi dignidad en otra salida fallida. Le acepté más que nada por orgullo, aburrimiento y calentura. Ese día decidí ponerme un vestido negro con hombros descubiertos, unos bototos color púrpura y unas argollas gruesas. Sabía que sería una visita a un sitio lúgubre y, a pesar de que no siempre me apego a las reglas y a los códigos de vestimenta, vestir de negro en un cementerio era una de esas normas que respeto. Pero al ser una cita, ...