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Ruina: lo humano y lo divino

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 Canción para acompañar la lectura: https://www.youtube.com/watch?v=5S3pZ87h-FI (Este relato estará en constante construcción) Gustave Courbet: The Happy Lovers I La pensión en que vivíamos parecía sobrecargada de vida: las plantas brotaban en los rincones como si respiraran junto a nosotros; la hiedra se extendía por los pasillos y habitaciones, y las monsteras saludaban el paso. El cuarto de L era contiguo al de nosotros. Su habitación era oscuramente cálida, con muros de terciopelo rojo y cortinas frondosas que descendían del techo. La pieza barroca dejaba ver un haz de luz que caía sobre la cama de dos plazas cubierta de seda. Lo abracé con una euforia silenciosa; me apretó contra él. Pasé los dedos por su pelo rizado y se me impregnaron de un olor dulce. Hundió su nariz aguileña en mi cuello, intentando grabar en sí mismo el olor que acababa de nacer entre nosotros; la piel se me erizó. Yo temía oler a persona mayor; nos llevábamos siete años. Pese a mis treinta y dos año...

Apunte sobre la inutilidad del talento

Me regalaron un teclado y me di cuenta de inmediato de que no tenía oído. Después, unos óleos; tardé quince años en entender algo de técnica. Escribí mis primeros poemas a los doce años: cosas sobre animales, la guerra y el paso del tiempo. Ya me preocupaba el tiempo a los doce, y eran malos escritos. No soy tan buena en nada, y asumirlo enfurece a mis amigxs. Lo que pasa es que nunca tuve vergüenza. Nací entendiendo que somos poco, que a mí no me importa lo que hagas tú, y que, al ser una niña triste, podía hacer cosas con mis manos y mi cabeza: lo único que siempre estuvo a mi alcance, para reírme un poco.  

Apunte sobre el desgaste

  No digo que haya que acelerar la fealdad, pero tampoco estoy de acuerdo con evitarla. Tarde o temprano seremos feos, descascarados y malolientes. Es siniestro ver el miedo al paso: me aterran los ojos desesperados y las sonrisas verticales, estiradas por el miedo a eso que llamamos vejez, la última temporada. Me miro al espejo y ya sé que el tiempo está pudiendo conmigo: la nariz más grande, los ojos más caídos, la piel más flácida. ¿Acaso debería ser más vanidosa? No puedo con tanto. Es así, y ya está. Las mujeres que más admiro asumen su fealdad y sus narices monumentales. No es que quiera ser fea; es que es inevitable, y me da pereza ese tópico de belleza editorial.

Apunte sobre la indecencia

  Te pedí un regalo; de seguro te olvidarás. Yo no lo olvidé ese día en el museo de la Revolución. Ya no hablábamos —nunca hablamos tanto—, pero no me olvidé de llevarte una chuchería que podría gustarte. Incluso cuando intento pensar en mí, apareces, inoportuno. Te habré visto dos veces, tal vez tres. A mi amiga no le caía muy bien la idea de que me gustaras tanto. ¿Acaso te acuerdas cuando yo, con culpa, te incité a engañar a tu mujer frente a todos tus amigos? Me sentí una tonta por eso, pero también por quererte. Cuando nos presentaron, pensé en lo bien que encajaríamos cruzados: yo encima de ti, pero también dentro. No puedo extrañar nada, porque nada hubo nunca.

La pregunta sobre la montaña

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  Cargué la maleta desde la Panorámica del Fortín hasta una escalera de cien peldaños junto al auditorio de La Guelaguetza. Yamily me esperaba. Viajé desde Ciudad de México y, según el itinerario, llegaría a las cuatro de la tarde del 2 de noviembre. Ese día conocería a George. Arrastraba veinte kilos de chucherías y ropa, por unas escaleras que parecían no terminar nunca. Desde lo alto, el horizonte montañoso de Oaxaca deslumbraba con sus nubes temibles y la sierra verde que devoraba casas de techos coloridos. Golpeé varias veces la puerta; nadie respondió. Me abrió George: delgado, alto, el pelo rubio y alborotado, los colmillos se asomaban en su sonrisa que me pareció atractiva de inmediato. Era inglés, el primero que conocía. Temí no poder comunicarme, pero su español era casi perfecto. Yo, en cambio, soy bruta con los idiomas: me olvido las palabras si no las repito todos los días. Yamily se había atrasado y le pidió a él que me mostrara el lugar. George llevaba un mes y un po...

Bajón en Escorpio

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(Este relato está en desarrollo, lo comparto, porque soy ansiosa). ******************************************************************************** Esa noche, un amigo de Federico llevaba cocaína. A pesar de que yo nunca la había probado, observaba a los chicos —y a Fede— llenos de euforia por una línea, ansiosos por diversión y una madrugada desenfrenada. En esos años me dedicaba a mis estudios y trabajaba en una productora mediocre. Mi jefe era un marihuanero amistoso que, con el tiempo, se volvió un pesado y usurero. Yo editaba videos corporativos para una marca de gas; una ocupación que apenas compensaba económicamente y en la que pagaban cuando querían. Fue durante mi segundo año en la universidad cuando comencé a salir con Federico: ingeniero de profesión, músico punk por pasión y futbolista de las pichangas dominicales. A pesar de sus ingresos sólidos, aún vivía con sus padres. Esta situación podría haber sido un inconveniente para algunos; en mi caso, su familia se portaba ex...

Apuntes sobre mi cumpleaños

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  “Estoy segura de que en la cuna mi primer deseo fue el de pertenecer. Por motivos que ahora no importan, de alguna manera debía de estar sintiendo que no pertenecía a nada ni a nadie. Nací por nacer.” Aprendiendo a vivir, Clarice Lispector. Soy de las que traen angustias el día de su cumpleaños, y creo que eso nació cuando me rompieron el corazón a los ocho años. Mis padres me pidieron celebrar en el club de campo Las Vizcachas —primero, porque era gratis por el trabajo de mi papá; segundo, porque era muy espacioso, con juegos, quinchos y paseos en moto; y tercero, porque así no tendrían que ir a mi pequeña casa con sus manos grasientas a romperlo todo—. Solo podía invitar a veinticinco niños de los treinta y cinco que éramos en mi curso. Sin consultarle antes a mis padres, decidí invitar a todos. No soportaba la idea de que la niña más callada del curso no fuera invitada a este gran evento. Evidentemente, me llegó un reto, alteré el orden cósmico del bolsillo de mis padres, no l...